Por: Maximiliano Catalisano

Hay momentos en una escuela en los que una palabra alcanza para cambiar el rumbo de una jornada. Una pregunta hecha a tiempo, una mirada que reconoce lo que está pasando, un docente que decide escuchar antes de sancionar o un adulto que se acerca a un estudiante que parece desconectado pueden producir algo que no aparece en ninguna planificación: la sensación de que alguien está verdaderamente presente. En una época marcada por la velocidad, las pantallas, la sobrecarga de información y múltiples demandas simultáneas, construir una nueva mirada educativa implica recuperar algo profundamente humano: estar disponibles para el otro, comprender lo que atraviesa y generar las condiciones necesarias para que enseñar y aprender vuelvan a ser experiencias compartidas.

La educación suele analizarse a partir de contenidos, metodologías, evaluaciones, tecnologías y resultados. Todos esos componentes tienen importancia, pero existe una dimensión que atraviesa cada uno de ellos: el vínculo entre las personas que forman parte de la comunidad educativa.

Un estudiante no llega al aula solamente con sus conocimientos previos. Llega también con preguntas, preocupaciones, expectativas, experiencias familiares, amistades, frustraciones, intereses y estados de ánimo que pueden influir en su manera de participar y aprender. Del mismo modo, los docentes también llegan con sus propias experiencias, responsabilidades y desafíos.

Reconocer esta realidad no significa convertir a la escuela en un espacio exclusivamente emocional. Significa comprender que los aprendizajes ocurren dentro de relaciones humanas concretas.

La presencia y la empatía pueden convertirse entonces en dos pilares para construir una mirada pedagógica diferente.

Estar presentes es mucho más que estar en el aula

La presencia docente no puede reducirse a ocupar físicamente un espacio frente a los estudiantes.

Un adulto puede estar en el aula y, al mismo tiempo, encontrarse completamente desconectado de lo que sucede alrededor. La presencia pedagógica supone observar, escuchar, registrar cambios y advertir aquello que muchas veces no aparece en una respuesta escrita.

Un estudiante que deja de participar, una alumna que habitualmente pregunta y comienza a permanecer en silencio, un grupo que pierde interés frente a determinada propuesta o una clase que cambia de clima pueden estar ofreciendo información.

La pregunta es si alguien la está mirando.

Estar presente implica prestar atención a esos pequeños indicios y preguntarse qué pueden significar. No siempre habrá una explicación inmediata. Tampoco corresponde interpretar automáticamente cada conducta como consecuencia de una situación personal. Se trata, simplemente, de observar antes de sacar conclusiones.

Esta actitud puede modificar profundamente la enseñanza.

Cuando el docente conoce al grupo, puede comprender mejor cuándo una dificultad está relacionada con el contenido, cuándo una consigna necesita ser reformulada y cuándo existe una situación que requiere otro tipo de acompañamiento.

La presencia permite mirar antes de actuar.

La empatía suele asociarse con la capacidad de ponerse en el lugar de otra persona. En la escuela, puede adquirir un significado especialmente concreto: intentar comprender lo que otro está viviendo sin apresurarse a juzgarlo.

Esto no significa justificar cualquier comportamiento ni eliminar los límites.

Una escuela necesita normas, acuerdos y responsabilidades. La empatía no reemplaza esos marcos. Ayuda a aplicarlos desde una comprensión más profunda de las situaciones.

Ante un estudiante que interrumpe constantemente, por ejemplo, existen diferentes posibilidades. Una respuesta inmediata puede centrarse exclusivamente en detener la conducta. Otra puede incluir una pregunta: “¿Qué está pasando hoy?”. La segunda opción no elimina la necesidad de establecer límites, pero abre una oportunidad para comprender antes de decidir cómo intervenir.

A veces habrá una explicación. Otras veces no.

Pero la pregunta ya comunica algo importante: el estudiante no es reducido a una conducta aislada.

Esta diferencia puede tener consecuencias en la relación pedagógica.

Una escuela que escucha también enseña

Escuchar no significa simplemente permitir que alguien hable.

La escucha educativa implica prestar atención, hacer preguntas, recuperar lo expresado y demostrar que esa información fue considerada para tomar decisiones.

Cuando los estudiantes perciben que sus opiniones pueden ser escuchadas, también aprenden una forma de participación social. Descubren que expresar una idea supone argumentarla, escuchar otras perspectivas y aceptar que una conversación puede producir modificaciones.

Por eso, la escucha puede formar parte de numerosas situaciones escolares.

Una clase puede comenzar preguntando qué saben los estudiantes sobre un tema. Una evaluación puede incluir una instancia de devolución en la que expliquen qué dificultades encontraron. Una reunión de convivencia puede permitir que diferentes actores expresen cómo vivieron una situación.

No hace falta crear estructuras complejas.

Muchas veces alcanza con introducir preguntas que permitan que las personas tengan voz.

Construir una escuela basada en la presencia también requiere comprender los límites.

Estar disponible para los estudiantes no significa que los docentes deban resolver personalmente cada problema ni estar conectados permanentemente fuera del horario escolar.

La presencia educativa necesita marcos institucionales.

Cada integrante de la comunidad tiene funciones y responsabilidades. Cuando una situación supera el campo de acción de un docente, existen equipos, orientadores, directivos y otros profesionales que pueden intervenir según las características de cada institución.

Esto es importante porque cuidar los vínculos también implica evitar que toda demanda recaiga sobre una sola persona.

La escuela puede construir redes internas de acompañamiento para que la escucha y la atención no dependan exclusivamente de la voluntad individual de un docente.

Cambiar la mirada sobre las conductas

Uno de los cambios más interesantes que propone este paradigma consiste en revisar la manera en que interpretamos determinadas conductas.

Un estudiante que no entrega una tarea puede ser visto solamente como alguien irresponsable. Pero también puede ser una señal que merece ser investigada.

¿Por qué no la entregó? ¿No comprendió la consigna? ¿No pudo organizarse? ¿La propuesta no estaba conectada con lo trabajado? ¿Existen dificultades que están afectando su participación?

No siempre la respuesta será la misma.

Precisamente por eso, mirar antes de etiquetar puede generar intervenciones más ajustadas a cada situación.

La empatía no consiste en pensar que todas las conductas tienen una explicación aceptable. Consiste en reconocer que una conducta tiene un contexto y que comprenderlo puede ayudar a tomar mejores decisiones.

Aprender implica exponerse.

Un estudiante tiene que poder equivocarse, preguntar algo que todavía no comprende, presentar una respuesta incompleta y volver a intentarlo.

Cuando existe temor permanente a ser ridiculizado, descalificado o comparado, esa disposición puede disminuir.

La presencia docente contribuye a construir un clima donde el error pueda ser trabajado como parte del aprendizaje.

Una devolución puede comenzar señalando qué comprendió el estudiante y continuar con aquello que necesita revisar. Una pregunta equivocada puede convertirse en una oportunidad para explorar el concepto. Una dificultad puede ser utilizada como punto de partida para explicar de otra manera.

Esto no significa bajar las expectativas.

Significa acompañar el proceso necesario para alcanzarlas.

La escuela puede sostener objetivos elevados y, al mismo tiempo, reconocer que los caminos para llegar a ellos pueden ser diferentes.

El paradigma de la presencia y la empatía no debería limitarse al vínculo entre docentes y estudiantes.

También puede transformar la relación con las familias.

Las comunicaciones escolares suelen producirse cuando existe un problema: una inasistencia, una conducta determinada, una dificultad académica o un incumplimiento.

Construir una relación basada en la escucha implica ampliar esas instancias.

Comunicar avances, reconocer esfuerzos, compartir proyectos y abrir espacios de conversación permite que las familias no sean convocadas únicamente cuando algo salió mal.

También puede ayudar a evitar interpretaciones apresuradas.

Una familia que no responde inmediatamente a una comunicación no necesariamente demuestra desinterés. Puede haber múltiples circunstancias detrás de esa situación. Del mismo modo, una escuela que recibe una inquietud familiar puede escucharla sin asumir automáticamente que debe aceptar cada pedido.

La relación necesita diálogo, claridad y respeto mutuo.

La tecnología necesita una mirada humana

La expansión de herramientas digitales e inteligencia artificial hace todavía más importante esta conversación.

Las plataformas pueden ayudar a organizar información, producir materiales, adaptar actividades y facilitar determinadas tareas. Pero ninguna herramienta tecnológica reemplaza completamente la observación de un estudiante, una conversación significativa o la comprensión del contexto en el que ocurre un aprendizaje.

La tecnología puede aportar recursos.

La mirada pedagógica decide cómo utilizarlos.

Un sistema puede mostrar que un estudiante respondió incorrectamente varias preguntas. El docente puede utilizar ese dato como punto de partida, pero todavía necesita interpretar qué ocurre detrás de esas respuestas.

¿Existe una dificultad conceptual? ¿La consigna fue comprendida? ¿El estudiante respondió rápidamente sin revisar? ¿Necesita otra explicación?

La información digital puede ayudar a observar.

La presencia humana ayuda a comprender.

Construir este nuevo paradigma no requiere esperar una gran reforma educativa.

Puede comenzar con acciones sencillas.

Un docente puede reservar algunos minutos para conversar con el grupo antes de iniciar una secuencia nueva. Puede incorporar una pregunta de cierre al finalizar una actividad. Puede registrar qué estudiantes necesitan una explicación diferente. Puede reemplazar una primera reacción por una pregunta cuando aparece un conflicto.

Los equipos escolares también pueden revisar sus reuniones y preguntarse cuánto tiempo dedican a hablar sobre estudiantes y cuánto a hablar con ellos o escucharlos.

Incluso las normas institucionales pueden analizarse desde esta perspectiva.

¿Los acuerdos son conocidos por los estudiantes? ¿Comprenden por qué existen? ¿Las consecuencias están relacionadas con las situaciones que buscan abordar? ¿Existe la posibilidad de reparar cuando se produce un daño?

Estas preguntas no requieren grandes recursos económicos.

Requieren tiempo para pensar y disposición para revisar prácticas.

El crecimiento profesional comienza también con una pregunta

La formación docente suele concentrarse en incorporar nuevas herramientas, conocimientos y estrategias. Pero existe otra dimensión del desarrollo profesional: aprender a observar mejor.

Mirar una clase después de haberla dado. Revisar una conversación. Analizar una reacción. Preguntarse por qué un estudiante respondió de determinada manera. Conversar con un colega sobre una situación compleja.

Todo eso también es formación.

Un docente que desarrolla una mirada más atenta puede descubrir información que antes pasaba inadvertida. Y esa información puede modificar su planificación, sus intervenciones y sus formas de evaluar.

La práctica cotidiana se convierte así en un espacio permanente de aprendizaje profesional.

Construir una educación basada en la presencia y la empatía no significa abandonar los contenidos, las normas, la evaluación ni los objetivos académicos.

Significa comprender que todo eso ocurre dentro de una comunidad formada por personas.

La escuela enseña matemática, lengua, ciencias, historia y arte, pero también enseña maneras de relacionarse, escuchar, argumentar, reparar conflictos y convivir con quienes piensan diferente.

Cada interacción cotidiana tiene una dimensión educativa.

Por eso, una nueva mirada puede comenzar con algo aparentemente pequeño: observar antes de juzgar, escuchar antes de responder y comprender antes de intervenir.

La presencia permite detectar lo que ocurre. La empatía ayuda a interpretarlo. El conocimiento pedagógico permite decidir qué hacer con esa información.

Juntas, estas dimensiones pueden transformar la experiencia escolar sin necesidad de grandes inversiones.

Quizás uno de los desafíos más importantes de la educación contemporánea no sea incorporar cada vez más novedades, sino recuperar la capacidad de detenerse frente al otro.

Mirar a los estudiantes. Escucharlos. Conocerlos. Reconocer sus avances. Detectar sus dificultades. Sostener límites. Abrir oportunidades para volver a intentar.

Porque enseñar no consiste únicamente en conseguir que alguien aprenda un contenido.

También consiste en construir las condiciones para que esa persona quiera participar, se anime a preguntar, pueda equivocarse y encuentre adultos dispuestos a acompañar su recorrido.

La educación del futuro puede tener más tecnología, más información y nuevas metodologías. Pero seguirá necesitando algo que ninguna innovación puede reemplazar: personas presentes, capaces de mirar a otras personas con atención y comprender que detrás de cada estudiante hay una historia que merece ser escuchada.