Por: Maximiliano Catalisano
Un paquete de galletitas, una bebida azucarada, unas papas de paquete o una golosina pueden parecer una elección pequeña durante el recreo, pero cuando estos productos aparecen todos los días en la alimentación de un estudiante, la pregunta cambia: ¿qué impacto puede tener esa dieta sobre su capacidad para concentrarse, recordar información y aprender en clase? La relación entre alimentación y rendimiento escolar está ganando espacio en la investigación científica, y los nuevos estudios apuntan a una conclusión que puede resultar mucho más importante que cualquier dieta de moda: lo que comen los chicos y adolescentes forma parte del entorno que acompaña —o dificulta— su desarrollo cognitivo.
La alimentación no funciona como un interruptor capaz de encender o apagar la memoria. Tampoco existe un alimento mágico que garantice mejores notas. La atención y el aprendizaje dependen de numerosos factores, entre ellos el descanso, el estrés, la actividad física, el contexto familiar, las condiciones de estudio y las características individuales. Sin embargo, la calidad general de la dieta sí puede formar parte de ese escenario.
Una revisión sistemática publicada en agosto de 2026 analizó 48 ensayos controlados y 25 estudios prospectivos sobre alimentación, desarrollo cognitivo y resultados académicos en personas de entre 8 y 19 años. Sus autores encontraron señales de posibles beneficios de determinadas intervenciones alimentarias sobre el rendimiento cognitivo y académico, aunque también remarcaron que los resultados varían y que todavía existen limitaciones metodológicas.
Qué son los alimentos ultra procesados
Los alimentos ultra procesados forman parte de la alimentación cotidiana de millones de personas. Se trata, en términos generales, de productos industriales formulados a partir de distintos ingredientes y aditivos, que suelen estar diseñados para ser muy agradables al paladar, prácticos y fáciles de consumir.
Entre los productos que suelen encontrarse dentro de esta categoría aparecen algunas bebidas azucaradas, golosinas, snacks, productos de pastelería industrial, cereales azucarados, comidas listas para consumir y determinados productos cárnicos procesados.
Pero hay una aclaración importante: «procesado» no significa automáticamente «malo». La alimentación cotidiana incluye muchos alimentos que fueron procesados de alguna manera y que pueden formar parte de una dieta saludable. La preocupación aparece especialmente cuando los productos con alto contenido de azúcares libres, sodio y grasas poco saludables desplazan a alimentos más nutritivos.
La Organización Mundial de la Salud recomienda que la alimentación saludable se base principalmente en alimentos mínimamente procesados o sin procesar, con presencia de frutas, verduras, legumbres, cereales integrales y otros alimentos nutritivos, y aconseja limitar los productos con exceso de azúcares libres, sal y grasas poco saludables.
El cerebro necesita energía y nutrientes para funcionar. Por eso, pasar muchas horas sin comer, consumir una alimentación poco variada o reemplazar comidas completas por productos de bajo aporte nutricional puede afectar cómo se siente una persona durante la jornada.
Esto adquiere una dimensión particular en la escuela. Un estudiante que llega a clase con hambre, que desayunó de manera insuficiente o que mantiene una alimentación poco variada puede experimentar cansancio o dificultades para sostener la atención. La OMS ya ha señalado que saltear el desayuno puede asociarse con fatiga a media mañana y afectar procesos relacionados con la cognición y el aprendizaje, especialmente en jóvenes con una alimentación deficiente.
Por eso, hablar de alimentos ultra procesados y atención no debería reducirse a decir que «comer una golosina desconcentra». El problema está en el patrón general.
Si una bebida azucarada reemplaza habitualmente al agua, si las frutas casi no aparecen, si los snacks desplazan comidas más completas y si los productos de pastelería industrial se convierten en una parte cotidiana de la alimentación, el conjunto puede terminar siendo menos nutritivo.
La diferencia es importante porque permite evitar un mensaje culpabilizador. No se trata de prohibir un alimento ocasional, sino de observar qué lugar ocupa dentro de la alimentación habitual.
La memoria requiere que el cerebro pueda recibir información, procesarla, almacenarla y recuperarla posteriormente. Para que ese proceso ocurra, intervienen múltiples sistemas biológicos y psicológicos.
La nutrición puede formar parte de ese funcionamiento. Pero la ciencia todavía está estudiando cuáles son las relaciones concretas entre determinados patrones alimentarios y cada aspecto de la función cognitiva.
Una revisión sistemática publicada en 2026 encontró que los patrones alimentarios poco saludables durante etapas tempranas de la vida pueden estar relacionados con resultados cognitivos menos favorables en la adolescencia, mientras que algunos ensayos de intervenciones dietarias durante la adolescencia muestran posibles beneficios cognitivos y académicos. Los autores, sin embargo, advierten que la evidencia no permite convertir estos resultados en una relación directa y automática entre un producto específico y una determinada capacidad mental.
También hay evidencia que apunta en la dirección contraria: una alimentación basada en productos nutritivos y variados puede acompañar mejores resultados.
Una revisión y metaanálisis publicada en 2026 analizó 39 estudios con más de 26.000 niños y adolescentes de entre 6 y 19 años. Encontró una asociación positiva, aunque pequeña, entre una mayor adhesión a la dieta mediterránea y distintos indicadores de cognición, rendimiento académico, motivación y estrategias de aprendizaje.
Un análisis anterior, publicado en 2024, también encontró una asociación estadísticamente significativa entre una mayor adhesión a la dieta mediterránea y el rendimiento académico en niños y adolescentes.
Estos resultados no significan que comer una ensalada vaya a mejorar automáticamente un examen. Lo que sugieren es algo más amplio: los patrones de alimentación pueden formar parte de un conjunto de condiciones que acompañan el desarrollo y el aprendizaje.
Qué puede pasar durante una jornada escolar
La escuela presenta una particularidad: concentra varias horas del día en un mismo lugar y, para muchos estudiantes, allí se realizan una o más comidas.
Por eso, el entorno alimentario escolar puede tener un impacto importante en los hábitos cotidianos. Si en un kiosco o comedor predominan bebidas azucaradas, golosinas, snacks y productos de pastelería, esas opciones pueden convertirse en una parte habitual de la alimentación de los alumnos.
La OMS publicó en enero de 2026 una nueva guía mundial para mejorar los entornos alimentarios escolares. La recomendación contempla no solamente qué alimentos se sirven, sino también cuáles se venden, cuáles están disponibles y cómo se construye el entorno que influye sobre las decisiones alimentarias de los estudiantes.
El planteo resulta especialmente interesante porque traslada parte de la responsabilidad desde la elección individual hacia el ambiente.
Decirle a un adolescente que «coma sano» mientras todas las opciones disponibles durante el recreo son productos ultra procesados no alcanza. Si una escuela quiere fomentar hábitos saludables, también puede revisar qué ofrece, qué promociona y qué alternativas pone al alcance de los estudiantes.
Este punto es especialmente importante para las familias. Hablar de nutrición escolar no debería convertirse en una lista de productos costosos ni en recomendaciones imposibles de sostener. Una alimentación saludable puede construirse con alimentos sencillos y accesibles, dependiendo de la disponibilidad y los precios de cada región.
Frutas de estación, verduras, legumbres, huevos, avena, cereales integrales, agua y preparaciones caseras pueden formar parte de distintas combinaciones. No hace falta comprar productos «premium» ni suplementos para mejorar la alimentación de un estudiante.
La propia OMS sostiene que una dieta saludable puede adoptar distintas formas y debe apoyarse en cuatro principios generales: adecuación, equilibrio, moderación y diversidad.
Eso también permite pensar soluciones económicas para la escuela. Cambiar gradualmente una parte de la oferta del kiosco, facilitar el acceso al agua, incorporar frutas de estación o mejorar la calidad nutricional de las comidas puede tener más sentido que imponer una larga lista de prohibiciones.
La primera comida del día merece una atención especial cuando se habla de aprendizaje. Llegar a la escuela después de muchas horas sin comer puede generar hambre y cansancio. Si además el desayuno está compuesto principalmente por productos con alta cantidad de azúcares y poco aporte nutricional, la alimentación puede resultar poco variada.
No significa que un desayuno determinado vaya a definir el rendimiento de un alumno. Pero garantizar que los estudiantes tengan acceso a una alimentación suficiente y variada durante la jornada escolar puede ayudar a crear mejores condiciones para aprender.
La OMS destaca que las prácticas alimentarias saludables comienzan desde edades tempranas y que los hábitos construidos durante la infancia y la adolescencia pueden mantenerse durante la vida adulta.
Por eso, enseñar nutrición en la escuela no debería consistir solamente en memorizar los nombres de vitaminas y minerales. También puede significar aprender a leer etiquetas, reconocer ingredientes, distinguir bebidas azucaradas de opciones sin azúcar agregada y comprender qué función cumple una alimentación variada.
Una estrategia razonable no necesita convertir la escuela en un lugar donde cada alimento sea vigilado.
El objetivo puede ser mucho más sencillo: que los productos ultra procesados no sean la base de la alimentación cotidiana y que existan alternativas nutritivas, accesibles y atractivas.
También es importante evitar que la conversación genere culpa en los estudiantes. Comer una golosina ocasionalmente no convierte una alimentación en poco saludable. El problema aparece cuando los productos de bajo valor nutricional ocupan demasiado espacio y desplazan alimentos necesarios para cubrir las necesidades del organismo.
La educación alimentaria puede ayudar justamente a construir ese criterio. Un estudiante que comprende qué está comiendo y por qué una fruta, un yogur natural, un sándwich casero, una legumbre o un puñado de frutos secos pueden aportar nutrientes diferentes está adquiriendo una herramienta que puede utilizar mucho después de terminar la escuela.
Una inversión que empieza en el recreo
La conversación sobre nutrición y aprendizaje ya no puede limitarse al comedor escolar. También incluye el kiosco, las máquinas expendedoras, los desayunos, los recreos y las decisiones que se toman alrededor de la comida.
La OMS señala que las escuelas son un escenario importante para promover hábitos saludables y que los alimentos disponibles dentro y alrededor de ellas pueden influir tanto en la alimentación como en el aprendizaje.
La solución, además, no necesita ser costosa. Muchas medidas pueden comenzar con cambios simples: agua disponible, más frutas y alimentos frescos, menos bebidas azucaradas, opciones preparadas con ingredientes básicos y educación para interpretar la información nutricional.
El objetivo tampoco debería ser conseguir estudiantes que coman «perfecto». Se trata de generar condiciones para que una alimentación variada y nutritiva sea una opción posible y cotidiana.
Porque la relación entre comida y escuela va mucho más allá del hambre. Lo que un estudiante consume durante su infancia y adolescencia acompaña una etapa de intenso desarrollo físico y cognitivo.
Los alimentos ultra procesados no son una explicación única para los problemas de atención ni una causa directa de malas calificaciones. Pero una dieta basada en productos con exceso de azúcar, sal y grasas poco saludables puede desplazar alimentos de mayor valor nutricional, mientras que una alimentación variada puede acompañar mejores condiciones para el desarrollo.
La verdadera apuesta, entonces, no consiste en demonizar una galletita ni en prometer que una determinada comida hará que un alumno recuerde todo lo estudiado. Consiste en algo más realista: construir una alimentación cotidiana que le dé al cuerpo y al cerebro los nutrientes que necesitan para atravesar la jornada escolar.
A veces, una mejora que parece pequeña —cambiar qué hay disponible en el recreo, ofrecer agua, sumar una fruta o enseñar a leer una etiqueta— puede ser el comienzo de un cambio mucho más grande. Y cuando se trata de aprender, cuidar lo que hay en el plato también puede ser una manera de cuidar lo que ocurre dentro del aula.
