Por. Maximiliano Catalisano

Después de la pandemia, muchas familias y escuelas comenzaron a notar un cambio preocupante en los hábitos de niños y adolescentes. Más tiempo frente a pantallas, menos juegos al aire libre, menos movimiento y una rutina cada vez más sedentaria empezaron a formar parte de la vida cotidiana. Lo que antes parecía una situación temporal terminó convirtiéndose en un hábito difícil de modificar. Hoy, el sedentarismo infantil aparece como uno de los grandes desafíos para la escuela y, especialmente, para la educación física.

Durante los meses de aislamiento, millones de chicos pasaron largas horas dentro de sus casas. Las clases virtuales, el uso constante de celulares, tablets y computadoras, junto con la reducción de actividades recreativas, hicieron que el cuerpo quedara en segundo plano. Incluso cuando las escuelas volvieron a la presencialidad, muchos de esos hábitos continuaron.

La consecuencia es visible en distintos aspectos. Hay chicos que se cansan más rápido, tienen menos resistencia, muestran dificultades para correr, saltar o coordinar movimientos simples. También aparecen problemas relacionados con la postura, el sueño, el sobrepeso, la ansiedad y la falta de motivación para participar en actividades físicas.

Un problema que va más allá del deporte

Cuando se habla de sedentarismo infantil, muchas veces se piensa solamente en la falta de deporte. Sin embargo, el problema es mucho más amplio. El sedentarismo tiene que ver con pasar demasiadas horas sentado, moverse poco y reducir las actividades corporales en la vida cotidiana.

Un niño puede asistir a una clase de educación física por semana y, aun así, llevar una vida sedentaria si pasa el resto del tiempo sentado frente a una pantalla, sin jugar al aire libre ni caminar.

Por eso, la preocupación no debe centrarse únicamente en si los chicos practican un deporte formal. También es importante observar cuánto se mueven durante el día, cuánto tiempo pasan al aire libre y cuántas oportunidades tienen para correr, explorar y jugar.

El movimiento no solo beneficia al cuerpo. También ayuda a mejorar el estado de ánimo, la concentración, el descanso y la relación con los demás. Un chico que se mueve más suele sentirse mejor, dormir mejor y participar más activamente en la escuela.

El papel de la educación física después de la pandemia

La educación física tiene hoy una responsabilidad muy importante. Ya no alcanza con proponer únicamente deportes tradicionales o actividades competitivas. Después de la pandemia, muchos chicos regresaron a la escuela con menos resistencia física, menor confianza en sus capacidades y menos ganas de moverse.

Por eso, las clases necesitan adaptarse a esta nueva realidad. Es importante ofrecer propuestas variadas, entretenidas y accesibles para todos los estudiantes. Algunos pueden sentirse cómodos jugando al fútbol o al vóley, mientras que otros prefieren bailar, caminar, hacer circuitos, yoga, juegos recreativos o actividades de coordinación.

Cuanto más diversa sea la propuesta, mayores serán las posibilidades de que cada alumno encuentre una actividad que disfrute.

También es importante evitar que la educación física se convierta en un espacio de frustración. Muchos chicos dejaron de participar porque sienten vergüenza, miedo a equivocarse o inseguridad frente a los demás. Si las actividades se enfocan únicamente en el rendimiento o la competencia, es posible que algunos estudiantes se alejen todavía más.

En cambio, cuando las clases priorizan el disfrute, el juego y el progreso personal, los alumnos suelen sentirse más cómodos y participar con mayor entusiasmo.

La importancia de recuperar el juego y el movimiento

Uno de los grandes desafíos actuales es recuperar el valor del juego libre. Antes, muchos chicos pasaban parte de su tiempo jugando en plazas, veredas, patios o clubes. Hoy, gran parte de ese tiempo fue reemplazado por videos, videojuegos, redes sociales y plataformas digitales.

El problema no es que existan las pantallas, sino que ocupen casi todo el tiempo libre. Los chicos necesitan oportunidades para moverse, ensuciarse, correr, saltar y explorar.

Jugar a la escondida, andar en bicicleta, caminar, bailar, patear una pelota o simplemente moverse al aire libre puede tener un impacto muy positivo en la salud física y emocional.

Además, el juego permite desarrollar habilidades sociales, aprender a esperar turnos, compartir espacios y resolver pequeños conflictos cotidianos.

La escuela puede colaborar mucho en este aspecto generando recreos activos, jornadas al aire libre, circuitos de movimiento, propuestas lúdicas y espacios donde el cuerpo tenga un lugar importante.

Qué pueden hacer las familias

Las familias tienen un papel fundamental para combatir el sedentarismo infantil. Muchas veces no se trata de gastar dinero en gimnasios, equipamiento o actividades costosas. Hay alternativas simples y accesibles que pueden incorporarse a la rutina diaria.

Caminar algunas cuadras, ir a una plaza, jugar en el patio, andar en bicicleta, sacar a pasear a una mascota o realizar pequeñas actividades físicas en casa son opciones que pueden ayudar.

También es importante revisar cuánto tiempo pasan los chicos frente a las pantallas. No siempre es posible eliminarlas, pero sí se pueden establecer límites y buscar momentos del día destinados al movimiento.

Otra estrategia útil es que los adultos den el ejemplo. Cuando los chicos ven que sus padres, madres o familiares también caminan, hacen ejercicio o disfrutan de actividades al aire libre, es más probable que ellos quieran imitarlos.

No hace falta ser deportista para transmitir hábitos saludables. A veces alcanza con compartir una caminata, un paseo o un rato de juego.

Un desafío que necesita compromiso de todos

Combatir el sedentarismo infantil no depende únicamente de la escuela ni solamente de las familias. Es un desafío que necesita compromiso conjunto, nuevas propuestas y una mirada diferente sobre el movimiento.

La educación física tiene una oportunidad muy importante para recuperar el interés de los estudiantes, ofrecer experiencias positivas y demostrar que moverse puede ser algo divertido.

En un contexto donde muchos chicos pasan demasiadas horas frente a las pantallas, volver a darle valor al cuerpo, al juego y a la actividad física se vuelve una necesidad.

No se trata de formar atletas ni de exigir rendimientos imposibles. Se trata de ayudar a que niños y adolescentes recuperen el placer de moverse, descubran nuevas actividades y construyan hábitos que puedan acompañarlos durante toda la vida.