Por: Andrés Ferrari 

Lic. y Prof. en Psicología 

Hay una imagen que persiste en la memoria de muchos docentes: la del  aula como un territorio propio, casi una isla, donde cada quien resuelve sus  desafíos con lo que tiene a mano. Es una imagen entrañable, pero también  incompleta. Porque si algo enseña la práctica educativa de estos años es que ya  nadie enseña (ni aprende) verdaderamente solo. 

«Si quieres ir rápido, ve solo. Si quieres llegar lejos, ve acompañado», dice  un proverbio africano que bien podría funcionar como epígrafe de la educación  contemporánea. No se trata de una frase decorativa: describe con precisión el  punto en el que estamos. La velocidad individual tiene techo. El alcance  colectivo, no. 

Pensemos primero en el aula. Cuando los estudiantes trabajan juntos para  resolver un problema, no están simplemente completando una actividad grupal:  están ensayando, en miniatura, la forma en que después van a tener que  desenvolverse en cualquier ámbito de su vida adulta. Compartir una idea,  escuchar una objeción, ceder un punto de vista, sostener otro: eso no es un  complemento del aprendizaje, es aprendizaje en su forma más viva. 

Hace poco entré a un aula del colegio que dirijo y me encontré con una  escena que todavía me acompaña: un alumno le explicaba a dos compañeras  unos ejercicios de Física. No les daba la respuesta; les hacía preguntas, las  acompañaba paso a paso, hasta que los tres juntos llegaron a la resolución.  Como rector, esas escenas me generan una alegría particular, porque confirman  algo que a veces subestimamos: el aporte horizontal, entre pares, puede ser más  fecundo que el vertical. Cuando un compañero le explica a otro, ambos entienden  mejor en qué punto exacto del camino están parados, algo que, desde el lugar  del docente, cuesta más ver con esa nitidez. 

Pero el trabajo en equipo no termina en la puerta del aula. Se extiende (y  ahí está lo interesante) al vínculo entre quienes enseñan. Fullan y Quinn (2020)  sostienen algo que cualquier equipo directivo reconoce de inmediato: un  ambiente de aprendizaje profesional compartido es, más que una buena  práctica, una condición necesaria para sostener la complejidad de la tarea  educativa hoy. Y hay algo más profundo detrás de esa idea: el aislamiento  docente no solo empobrece la enseñanza, alimenta el agotamiento. Cuando el cuidado del bienestar se vuelve una responsabilidad colectiva, la carga deja de  recaer siempre sobre los mismos hombros. 

Hargreaves y O’Connor (2020) le dan un nombre preciso a esta forma de  trabajar: profesionalismo colaborativo. La diferencia con la simple cercanía física  es sutil pero decisiva. No alcanza con compartir un pasillo o una sala de  profesores; se trata de intervenir juntos, de asumir en conjunto lo que antes se  resolvía puertas adentro del propio salón. Vangrieken y sus colegas (2020)  agregan un matiz que conviene no perder de vista: la colaboración no se sostiene  por buena voluntad ni por espontaneidad. Necesita estructura. Necesita tiempo  protegido, roles claros, espacios pensados para que el encuentro suceda y no  quede librado al azar de los recreos. 

Esa misma semana de la que hablaba antes, revisando planificaciones,  tuve una charla con un docente al que le señalé una superposición de contenidos  con otra materia. Lejos de tomarlo como un señalamiento aislado, me explicó el  trabajo que venía haciendo con el colega en cuestión: no repetían explicaciones,  sino que se dividían los temas para profundizar cada uno desde un ángulo  distinto y así ampliar el horizonte de los estudiantes en lugar de agotarlos con lo  mismo dos veces. Ahí no había superposición: había una división pensada del  trabajo, silenciosa pero deliberada. 

Y al final de esa misma semana me crucé con otra escena parecida, esta  vez entre dos docentes de ciencias duras, planificando juntos en sala de  profesores. Uno le pedía al otro que adelantara un contenido en su materia, para  poder retomarlo después con más profundidad y así mejorar el rendimiento  general de los estudiantes. No era una casualidad de pasillo: era estructura,  tiempo dedicado a pensar el trabajo del otro como parte del propio. Tres escenas,  la misma semana, el mismo colegio. Y las tres, sin proponérselo, ilustran mejor  que cualquier teoría ha estado sosteniendo. 

Ahí es donde la tecnología, bien usada, deja de ser una distracción y se  convierte en aliada. Herramientas como Trello permiten que un proyecto  compartido tenga cronogramas y responsables visibles de un vistazo. Notion  puede oficiar de memoria institucional: un lugar donde la documentación, los  acuerdos y las decisiones no se pierden en conversaciones sueltas. Miro, con su  lienzo sin límites, resulta especialmente útil para el trabajo por proyectos, donde  las ideas necesitan espacio para desplegarse antes de ordenarse. Ninguna de estas herramientas reemplaza el vínculo humano que sostiene al equipo; simplemente le dan un lugar donde apoyarse. 

Y hay un beneficio de todo esto que rara vez se nombra porque no se ve  a simple vista: la coherencia. Cuando un equipo docente trabaja realmente  coordinado, el estudiante no percibe fragmentos sueltos de contenidos ni  criterios que cambian de una materia a otra. Percibe, aunque no lo diga con esas  palabras, que hay un diseño detrás de su experiencia educativa. Y quizás sin  saberlo, también está aprendiendo algo más: que los adultos que lo forman  saben trabajar juntos, y que eso también se puede aprender. 

Al final, la pregunta que vale la pena hacerse no es si contamos con  buenos profesionales (eso, en general, ya lo sabemos). La pregunta es otra, más  incómoda y más fértil: ¿estamos funcionando como una orquesta, donde cada  instrumento suena mejor porque escucha a los demás, o seguimos siendo un  conjunto de solistas que, por casualidad, comparten escenario? La respuesta no  se encuentra en un documento ni en una reunión aislada. Se construye,  despacio, cada vez que alguien decide no ir solo.