Por: Maximiliano Catalisano
Hay alumnos que parecen tener un motor encendido durante toda la jornada escolar. Se levantan constantemente, balancean las piernas, juegan con cualquier objeto que encuentran, hablan mientras el docente explica o cambian de actividad antes de terminar la anterior. Para muchos educadores, estas conductas representan uno de los desafíos más frecuentes dentro del aula. Sin embargo, detrás de ese movimiento permanente no siempre existe un problema de conducta. Muchas veces se trata de niños que necesitan estrategias diferentes para aprender, concentrarse y canalizar su energía. La buena noticia es que no hace falta contar con grandes presupuestos ni equipamiento sofisticado para generar cambios importantes. Con creatividad, organización y una mirada comprensiva, es posible transformar el aula en un espacio donde todos puedan aprender.
Comprender antes de intervenir
Uno de los errores más habituales consiste en interpretar el movimiento constante únicamente como desobediencia o falta de interés. En realidad, existen múltiples razones por las cuales un estudiante puede tener dificultades para permanecer sentado durante largos períodos.
Algunos niños presentan una necesidad natural de movimiento vinculada con su desarrollo. Otros encuentran complicado sostener la atención durante explicaciones extensas. También existen alumnos con necesidades específicas de aprendizaje o con características particulares de autorregulación que requieren propuestas pedagógicas adaptadas.
Antes de implementar cualquier estrategia conviene observar cuidadosamente cuándo aparece la inquietud. ¿Sucede durante todas las materias? ¿Solo en determinados horarios? ¿Después del recreo? ¿Cuando las actividades son demasiado largas? Estas respuestas permiten comprender mejor qué necesita cada estudiante.
La observación sistemática evita etiquetar rápidamente a los alumnos y ayuda a diseñar intervenciones mucho más adecuadas.
El movimiento también puede favorecer el aprendizaje
Durante muchos años predominó la idea de que un buen alumno era aquel que permanecía inmóvil, en silencio y mirando al frente durante toda la clase. Sin embargo, las investigaciones sobre aprendizaje muestran que el movimiento puede convertirse en un aliado para mejorar la atención y la participación.
Cuando los niños realizan pequeñas pausas activas, cambian de posición o manipulan materiales, muchas veces logran recuperar la concentración con mayor facilidad.
Esto no significa permitir que el aula se convierta en un espacio sin organización. Se trata de incorporar momentos planificados donde el movimiento tenga un propósito educativo.
Cinco minutos de actividad física entre dos bloques de trabajo pueden generar mejores resultados que exigir cuarenta minutos continuos de inmovilidad.
Diseñar clases con cambios de ritmo
Las jornadas escolares extensas suelen resultar especialmente difíciles para los alumnos más inquietos.
Una estrategia sencilla consiste en alternar diferentes tipos de actividades.
Por ejemplo:
• Una explicación breve.
• Una actividad escrita.
• Un trabajo en parejas.
• Una puesta en común.
• Un pequeño desafío práctico.
Cuando las propuestas cambian cada pocos minutos, disminuye la sensación de monotonía y aumenta la participación.
Los cambios de ritmo ayudan a mantener activa la atención sin necesidad de recurrir constantemente a llamados de atención.
Permitir pequeños movimientos controlados
Muchos estudiantes logran concentrarse mejor cuando pueden realizar movimientos discretos.
Balancear una pierna, sostener una pelota antiestrés, manipular una banda elástica colocada en las patas de la silla o utilizar objetos sensoriales simples puede favorecer la regulación sin interrumpir la clase.
Lo importante es establecer reglas claras para que estos recursos no se transformen en elementos de distracción para el resto del grupo.
No todos los niños necesitan los mismos apoyos, por lo que conviene ofrecer alternativas flexibles.
Crear responsabilidades dentro del aula
Los alumnos con mayor necesidad de movimiento suelen responder muy bien cuando reciben pequeñas tareas durante la jornada.
Repartir materiales.
Borrar el pizarrón.
Entregar cuadernos.
Buscar libros.
Organizar recursos.
Llevar mensajes dentro de la escuela.
Estas responsabilidades permiten canalizar la energía de manera positiva y fortalecen el sentido de pertenencia.
Además, los desplazamientos dejan de verse como interrupciones y pasan a formar parte de la dinámica escolar.
Incorporar pausas activas
Las pausas activas no requieren equipamiento especial.
Pueden durar entre dos y cinco minutos e incluir movimientos sencillos:
Estiramientos.
Respiraciones profundas.
Saltos suaves.
Movimientos de brazos.
Ejercicios de equilibrio.
Imitación de animales.
Pequeñas secuencias rítmicas.
Después de estas actividades, muchos estudiantes vuelven a sus tareas con mayor disposición para trabajar.
Organizar el espacio pensando en el movimiento
La distribución del aula también influye sobre el comportamiento.
Los espacios demasiado reducidos generan mayor sensación de encierro.
Cuando es posible, conviene dejar pequeños sectores libres para desplazamientos breves o actividades grupales.
También resulta útil variar la ubicación de los estudiantes según el tipo de actividad.
No siempre es necesario permanecer sentado en el mismo lugar durante toda la mañana.
Ofrecer consignas claras y breves
Los alumnos inquietos suelen perder información cuando las explicaciones son muy extensas.
Las instrucciones cortas, concretas y acompañadas por apoyos visuales facilitan la comprensión.
Dividir una tarea larga en pequeños pasos permite que el estudiante experimente avances frecuentes, lo que incrementa su motivación para continuar.
Anticipar la rutina diaria
Muchos niños regulan mejor su comportamiento cuando saben qué ocurrirá durante la jornada.
Un cronograma visible en el pizarrón reduce la incertidumbre.
También ayuda anticipar los cambios de actividad con algunos minutos de anticipación.
Frases como «en cinco minutos guardaremos los materiales» o «después de terminar esta actividad iremos al patio» permiten preparar mentalmente la transición.
Reforzar los logros en lugar de señalar únicamente los errores
Cuando un alumno recibe llamados de atención durante toda la jornada puede terminar creyendo que siempre hace las cosas mal.
Por eso resulta importante reconocer cada pequeño avance.
Permaneció sentado algunos minutos más.
Terminó una actividad completa.
Esperó su turno para hablar.
Pidió permiso antes de levantarse.
Cada progreso merece ser valorado.
El reconocimiento fortalece la autoestima y favorece la repetición de conductas positivas.
Trabajar junto con las familias
La comunicación entre escuela y familia resulta fundamental.
No se trata únicamente de informar dificultades.
También conviene compartir avances, estrategias que funcionan y objetivos comunes.
Cuando los adultos mantienen criterios similares tanto en la escuela como en el hogar, los niños reciben mensajes coherentes que favorecen su desarrollo.
Las reuniones centradas en soluciones suelen generar mejores resultados que aquellas enfocadas exclusivamente en los problemas.
Diferenciar entre inquietud y otras situaciones
No todos los alumnos muy activos presentan las mismas necesidades.
Algunos simplemente poseen un temperamento más dinámico.
Otros pueden atravesar situaciones emocionales complejas.
También existen casos donde resulta conveniente realizar una evaluación profesional para comprender mejor lo que sucede.
El rol del docente consiste en observar, registrar y acompañar, evitando emitir diagnósticos que corresponden a especialistas.
Una mirada respetuosa permite actuar con mayor responsabilidad y ofrecer respuestas acordes a cada realidad.
Un aula que comprende también enseña mejor
Las escuelas actuales reúnen estudiantes con características muy diversas. Pretender que todos aprendan exactamente de la misma manera suele generar frustración tanto para docentes como para alumnos. En cambio, cuando el movimiento deja de considerarse únicamente un obstáculo y comienza a entenderse como una característica que puede gestionarse pedagógicamente, aparecen nuevas oportunidades para enseñar.
Las estrategias destinadas a los niños que no pueden quedarse quietos terminan beneficiando a todo el grupo. Las clases con mayor dinamismo, las pausas activas, las consignas claras, la organización flexible y el reconocimiento de los avances construyen ambientes más participativos y motivadores. Lo más valioso es que la mayoría de estas propuestas no requiere inversiones importantes. Solo demanda disposición para observar, planificar y adaptar las prácticas cotidianas.
Cada alumno aprende de una manera diferente. Cuando la escuela reconoce esa diversidad y ofrece alternativas para que todos encuentren su lugar, el aula deja de ser un espacio donde algunos «molestan» para convertirse en un lugar donde cada niño tiene la posibilidad de desarrollar su máximo potencial.
