Por: Maximiliano Catalisano

Alergias alimentarias en la Escuela: guía práctica para docentes ante emergencias

Un recreo puede transformarse en una situación de riesgo en cuestión de minutos. Un simple intercambio de galletitas, un cumpleaños en el aula o una merienda compartida pueden desencadenar una reacción alérgica grave si no existen protocolos claros y adultos preparados para actuar. Las alergias alimentarias en la escuela ya no son un tema secundario: forman parte de la realidad cotidiana de miles de estudiantes. Con información adecuada y medidas organizativas de bajo costo, es posible reducir riesgos y responder con rapidez ante una emergencia.

Qué son las alergias alimentarias y por qué requieren atención escolar

Una alergia alimentaria es una reacción del sistema inmunológico frente a una proteína específica presente en determinados alimentos. Los más frecuentes en edad escolar incluyen leche, huevo, maní, frutos secos, soja, trigo, pescado y mariscos. En algunos casos, la exposición mínima puede provocar síntomas leves como urticaria o picazón; en otros, puede desencadenar anafilaxia, una reacción sistémica que compromete la respiración y la presión arterial.

El entorno escolar es especialmente sensible porque combina múltiples factores de riesgo: consumo compartido de alimentos, actividades extracurriculares, excursiones y eventos especiales. Además, los niños más pequeños pueden no identificar con claridad qué pueden o no ingerir. Por eso, el rol docente no se limita a la enseñanza académica; también incluye la prevención y la capacidad de respuesta ante situaciones imprevistas.

Señales de alerta que todo docente debe reconocer

Reconocer los síntomas tempranos puede marcar la diferencia. Entre las manifestaciones más comunes se encuentran enrojecimiento de la piel, hinchazón de labios o párpados, dolor abdominal, vómitos y dificultad para respirar. La anafilaxia puede avanzar rápidamente e incluir sensación de cierre de garganta, voz ronca, mareos o pérdida de conocimiento.

Frente a estos signos, no se debe minimizar la situación ni esperar a que “se pase sola”. La rapidez en la intervención es determinante. Por eso, cada institución debería contar con protocolos escritos y con capacitación básica para todo el personal, incluyendo docentes, directivos y auxiliares.

Protocolos escolares: prevención y organización

La prevención comienza antes de que ocurra la emergencia. Es fundamental que la escuela disponga de un registro actualizado de estudiantes con diagnóstico de alergia alimentaria, acompañado por la indicación médica correspondiente. La comunicación fluida con las familias permite conocer el grado de sensibilidad y las medidas específicas que cada caso requiere.

Un plan de acción individual es una herramienta sencilla y de bajo costo. Debe incluir los alimentos que deben evitarse, los síntomas esperables y las instrucciones claras sobre qué hacer ante una reacción. También es recomendable establecer normas para cumpleaños y eventos, evitando la improvisación.

La señalización en el comedor, la revisión de etiquetas en actividades culinarias y la organización de espacios libres de ciertos alimentos son medidas prácticas que no implican grandes inversiones. La clave está en la planificación y en la responsabilidad compartida.

Actuación ante una emergencia alérgica

Si un estudiante presenta síntomas compatibles con una reacción grave, el primer paso es mantener la calma y activar el protocolo institucional. En casos de anafilaxia diagnosticada, muchos alumnos cuentan con un auto inyector de adrenalina indicado por su médico. El personal escolar debe estar instruido sobre cómo utilizarlo correctamente.

La administración temprana de adrenalina es el tratamiento indicado ante anafilaxia. Luego de aplicarla, se debe llamar de inmediato a los servicios de emergencia y contactar a la familia. Aunque el estudiante mejore, siempre requiere evaluación médica posterior.

Es importante no administrar alimentos ni bebidas si hay compromiso respiratorio y evitar que el alumno permanezca de pie si se siente mareado. Estas pautas básicas pueden enseñarse en jornadas internas de capacitación sin necesidad de grandes recursos externos.

El rol formativo de la escuela

Más allá de la respuesta ante emergencias, la escuela cumple una función pedagógica en la construcción de una cultura del cuidado. Educar a los estudiantes sobre el respeto por las diferencias alimentarias ayuda a prevenir situaciones de riesgo y posibles burlas o exclusiones.

Trabajar el tema en el aula desde una perspectiva informativa favorece la comprensión. Explicar que una alergia no es una preferencia sino una condición médica contribuye a generar empatía. En este sentido, la prevención no depende únicamente de adultos; también requiere conciencia grupal.

La comunicación con las familias es otro pilar. Informar sobre políticas escolares, solicitar listas de ingredientes en eventos y promover meriendas seguras fortalece la coherencia entre hogar y escuela. Cuando la comunidad educativa actúa de manera coordinada, disminuye la posibilidad de errores.

Capacitación docente y responsabilidad institucional

Muchos docentes reconocen sentir inseguridad ante la posibilidad de enfrentar una reacción alérgica grave. Esta preocupación es comprensible si no existe formación específica. Por eso, incluir contenidos sobre primeros auxilios y alergias alimentarias en instancias de desarrollo profesional docente resulta una inversión formativa relevante.

La capacitación no necesita ser compleja ni costosa. Profesionales de la salud locales, materiales oficiales y guías sanitarias pueden servir como base para encuentros internos. Lo importante es que todo el personal conozca los pasos a seguir y sepa dónde se encuentra la medicación de cada estudiante.

Desde el punto de vista legal, las instituciones educativas tienen la obligación de garantizar condiciones seguras para sus alumnos. Contar con protocolos escritos, registros actualizados y capacitación básica no solo protege a los estudiantes, sino también a la institución frente a posibles responsabilidades.

Construir una cultura preventiva accesible

Abordar las alergias alimentarias en la escuela no implica generar alarma permanente, sino desarrollar una cultura preventiva. Con información clara, organización y compromiso colectivo, es posible reducir riesgos sin transformar la vida escolar en un espacio de restricciones excesivas.

Las medidas más importantes suelen ser las más simples: identificar a los estudiantes con diagnóstico, evitar el intercambio de alimentos, supervisar celebraciones y capacitar al personal. Estas acciones no requieren grandes presupuestos, sino voluntad organizativa.

En un contexto donde las condiciones de salud infantil presentan nuevos desafíos, la escuela debe actualizar sus prácticas de cuidado. Actuar con responsabilidad frente a las alergias alimentarias es parte de esa actualización. Prepararse para una emergencia no significa esperar lo peor, sino estar en condiciones de responder con rapidez y conocimiento.

Cuando docentes, directivos y familias trabajan de manera articulada, la escuela se convierte en un espacio más seguro para todos. Y esa seguridad comienza con algo tan concreto como saber reconocer un síntoma y animarse a intervenir sin demora.