Por: Maximiliano Catalisano

En Venezuela, enseñar se ha convertido en un acto de compromiso profundo que va mucho más allá del aula. Cada día, miles de docentes sostienen la escolaridad en contextos marcados por dificultades económicas, migración de familias, escasez de recursos y cambios sociales acelerados. Sin embargo, lejos de rendirse, estos educadores han desarrollado una resiliencia admirable y han encontrado en las redes de apoyo comunitario una forma concreta de seguir enseñando, acompañando y construyendo futuro con lo que tienen a mano.

Hablar de resiliencia docente no es hablar de aguante pasivo, sino de una capacidad activa para adaptarse, reinventarse y buscar soluciones cuando el contexto parece jugar en contra. En muchas escuelas venezolanas, el docente se convierte en orientador, gestor, mediador y, en ocasiones, en sostén emocional de estudiantes y familias. Esta multiplicidad de roles exige una fortaleza que se construye día a día, pero que también necesita ser acompañada para no agotarse.

La resiliencia como respuesta al contexto

La resiliencia del docente venezolano nace de la realidad que enfrenta. Salarios reducidos, infraestructura limitada y cambios constantes en la matrícula escolar obligan a pensar nuevas formas de enseñar. En este escenario, muchos educadores han aprendido a trabajar con recursos mínimos, reutilizando materiales, compartiendo libros, diseñando actividades con creatividad y apoyándose en la tecnología disponible, incluso cuando es escasa.

Esta capacidad de adaptación no surge de la nada. Se alimenta del sentido de misión que muchos docentes sienten por su trabajo y del vínculo que construyen con sus estudiantes. Cuando un niño o un joven sigue asistiendo a clase a pesar de las dificultades, el docente encuentra una razón más para seguir adelante.

Las redes de apoyo comunitario como sostén

Ante un contexto desafiante, las redes de apoyo comunitario se han vuelto una herramienta fundamental. Estas redes incluyen a familias, organizaciones barriales, iglesias, grupos culturales y otros actores locales que se articulan con la escuela para cubrir necesidades básicas y sostener el proceso educativo.

En muchos barrios, por ejemplo, se organizan ollas comunitarias para garantizar una comida diaria a los estudiantes. En otros, se crean espacios de apoyo escolar con voluntarios que ayudan a los niños con las tareas. Estas acciones no solo alivian la carga del docente, sino que fortalecen el vínculo entre la escuela y la comunidad.

El aula como espacio de contención

Más allá de enseñar contenidos, el aula se ha convertido en un espacio de contención emocional. Los docentes escuchan historias de migración, de separación familiar y de incertidumbre. Acompañar estas vivencias requiere sensibilidad y herramientas para contener sin desbordarse.

Las redes de apoyo también cumplen un rol aquí. Cuando un docente puede derivar una situación a un referente comunitario, un orientador o un grupo de ayuda, no queda solo frente a problemas complejos. Este trabajo en conjunto protege tanto al estudiante como al educador.

Compartir saberes para seguir creciendo

Otra forma en que se expresan estas redes es a través del intercambio entre docentes. Grupos de WhatsApp, encuentros informales y comunidades virtuales permiten compartir materiales, ideas y estrategias. De esta manera, un recurso creado en una escuela puede ser utilizado por muchas otras, multiplicando su impacto sin necesidad de grandes inversiones.

Este intercambio fortalece la resiliencia porque rompe el aislamiento. Saber que otros atraviesan situaciones similares y que están dispuestos a colaborar genera un sentimiento de pertenencia que sostiene en los momentos más difíciles.

La familia como aliada

Las familias también son parte central de estas redes. Aunque muchas enfrentan sus propias dificultades, cuando se sienten incluidas en la vida escolar suelen colaborar activamente. Pueden ayudar en el mantenimiento de la escuela, en la organización de actividades o en el seguimiento de los estudiantes.

Cuando la comunicación entre docentes y familias es clara y respetuosa, se construye una alianza que beneficia a todos. La escuela deja de ser un espacio ajeno y se convierte en un proyecto compartido.

Nuevas formas de participación comunitaria

En distintos lugares de Venezuela están surgiendo iniciativas innovadoras impulsadas por la comunidad. Bibliotecas populares, talleres artísticos y espacios de apoyo escolar funcionan muchas veces en casas particulares o en sedes comunitarias. Estas propuestas amplían las oportunidades de aprendizaje y alivian la presión sobre las escuelas.

El docente que se conecta con estas iniciativas puede enriquecer su trabajo y ofrecer a sus estudiantes experiencias que van más allá del aula tradicional. Así, la educación se convierte en una tarea colectiva.

Cuidar a quienes educan

La resiliencia no debe confundirse con soportar todo sin ayuda. Los docentes también necesitan espacios para expresar lo que sienten, compartir preocupaciones y recibir apoyo. Las redes comunitarias pueden ofrecer estos espacios a través de encuentros, talleres o simplemente momentos de escucha.

Cuidar a quienes educan es una condición necesaria para que la escuela siga funcionando. Cuando el docente se siente acompañado, puede acompañar mejor a sus estudiantes.

Un camino posible en tiempos difíciles

Educar contra viento y marea en Venezuela es una realidad cotidiana, pero no es una tarea solitaria. La resiliencia del docente se potencia cuando encuentra en la comunidad un aliado. Juntos, escuela y entorno construyen soluciones que, aunque simples, marcan una diferencia enorme en la vida de niños y jóvenes.

Estas redes de apoyo no reemplazan las políticas públicas, pero sí muestran que, aun en contextos complejos, es posible sostener la educación con compromiso, creatividad y trabajo compartido. Esa es, quizás, una de las mayores fortalezas del sistema educativo venezolano hoy.