Por: Maximiliano Catalisano

Enero de 2026 aparece en el calendario educativo español como algo más que una fecha institucional: se presenta como una oportunidad concreta para detenerse, mirar el presente escolar con honestidad y animarse a repensar decisiones que impactan todos los días en aulas, centros y comunidades educativas. En un contexto donde abundan los diagnósticos rápidos y las promesas costosas, el debate educativo que se abre en este inicio de año propone una mirada distinta, centrada en lo posible, en lo cotidiano y en los ajustes que pueden generar mejoras reales sin exigir mayores recursos económicos.

La educación en España llega a este momento atravesada por múltiples tensiones. Docentes y equipos directivos conviven con una acumulación de tareas que muchas veces desdibuja el sentido pedagógico del trabajo diario. Las escuelas funcionan, sostienen proyectos y acompañan a los estudiantes, pero lo hacen en un escenario marcado por la urgencia constante y la falta de tiempo para pensar. Enero de 2026 se plantea, entonces, como una ocasión para frenar esa inercia y abrir un espacio de reflexión colectiva que permita ordenar prioridades y revisar prácticas instaladas.

Uno de los aspectos más valiosos de este proceso es la posibilidad de poner en el centro la experiencia real de las instituciones educativas. Repensar la educación no significa imaginar una escuela ideal desconectada de la realidad, sino analizar qué está pasando hoy en los centros, qué decisiones funcionan y cuáles generan más desgaste que beneficios. Este enfoque resulta especialmente relevante cuando el objetivo es mejorar sin sumar gastos ni nuevas exigencias que terminen recayendo sobre los mismos actores de siempre.

El presente escolar como punto de partida

Repensar la educación en España implica partir del presente escolar tal como es. Las escuelas muestran hoy una enorme capacidad de adaptación, pero también señales claras de cansancio. La multiplicación de demandas administrativas, la necesidad de responder a cambios sociales acelerados y la presión por mostrar resultados inmediatos configuran un escenario complejo que no puede resolverse con recetas simples.

Enero de 2026 invita a analizar este presente desde una mirada compartida. La reflexión colectiva permite identificar patrones que se repiten en distintos territorios y niveles educativos. Problemas como la dispersión de tareas, la falta de coordinación interna y la dificultad para sostener acuerdos a largo plazo aparecen de manera recurrente. Reconocer estos aspectos no implica señalar fallas, sino generar las condiciones para pensar ajustes posibles.

En este sentido, repensar la educación supone revisar cómo se organiza el tiempo escolar, cómo se distribuyen las responsabilidades y cómo se toman las decisiones que afectan la vida cotidiana de los centros. Muchas veces, pequeños cambios en estos aspectos pueden generar mejoras significativas en el clima institucional y en la experiencia educativa, sin necesidad de nuevas inversiones.

Tecnología, cambios sociales y escuela

Otro de los ejes que atraviesa el debate educativo en este inicio de 2026 es la relación entre la escuela, la tecnología y los cambios sociales. Las instituciones educativas conviven con herramientas digitales que llegaron para quedarse, pero cuyo uso no siempre está claramente definido. En muchos casos, la incorporación de tecnología se tradujo en más tareas y menos claridad, generando una sensación de saturación que impacta directamente en el trabajo docente.

Repensar la educación en España implica revisar estas prácticas con criterio. No se trata de sumar dispositivos o plataformas, sino de analizar cómo se utilizan los recursos disponibles y qué sentido tienen dentro del proyecto educativo de cada centro. Este enfoque permite mejorar el trabajo cotidiano sin aumentar el gasto, aprovechando mejor lo que ya existe.

Los cambios sociales también interpelan a la escuela de manera constante. Nuevas formas de comunicación, transformaciones en las dinámicas familiares y expectativas diferentes por parte de los estudiantes exigen respuestas que no siempre están claras. Enero de 2026 se presenta como un momento propicio para pensar estas cuestiones sin apuro, evitando soluciones improvisadas y priorizando acuerdos que puedan sostenerse en el tiempo.

Repensar para ordenar, no para sumar

Uno de los mensajes más fuertes que atraviesa el debate educativo en este momento es la necesidad de ordenar antes que sumar. Durante años, el sistema educativo ha incorporado nuevas tareas, programas y exigencias que, en muchos casos, se superponen entre sí. Repensar la educación en España implica animarse a revisar qué prácticas aportan sentido y cuáles podrían reorganizarse o dejarse de lado.

Este ejercicio de revisión resulta fundamental para recuperar tiempo y energía dentro de las escuelas. Ordenar no significa reducir la complejidad de la educación, sino gestionar mejor esa complejidad. Enero de 2026 ofrece un marco temporal y simbólico adecuado para iniciar este proceso, con una mirada puesta en la sostenibilidad del trabajo educativo.

Además, repensar la educación desde esta perspectiva permite poner en valor el conocimiento acumulado de los profesionales. Docentes y equipos directivos han desarrollado, a lo largo de los años, estrategias para enfrentar dificultades cotidianas con creatividad y compromiso. Reconocer ese saber práctico y generar espacios para compartirlo aparece como una de las vías más sólidas para mejorar el sistema sin recurrir a soluciones externas o costosas.

Una oportunidad que no debería desaprovecharse

Enero de 2026 y la oportunidad de repensar la educación en España representan un cruce de caminos. Seguir acumulando demandas sin revisar el sentido de las decisiones puede profundizar el desgaste existente. En cambio, abrir espacios de reflexión honesta, basada en la experiencia real de las escuelas, permite avanzar hacia un modelo educativo más ordenado y coherente con las necesidades actuales.

Repensar no es retroceder, sino ajustar el rumbo. Implica aceptar que algunas decisiones necesitan ser revisadas y que otras pueden fortalecerse. Este proceso requiere diálogo, escucha y una mirada atenta al día a día escolar. Cuando el foco está puesto en lo posible y en el uso inteligente de los recursos existentes, las mejoras dejan de ser promesas lejanas y se convierten en acciones concretas.

En definitiva, enero de 2026 se presenta como una ocasión valiosa para que la educación en España se piense a sí misma desde la realidad y no desde el ideal. Mirar el presente con honestidad, ordenar prioridades y confiar en el saber de quienes sostienen la escuela todos los días aparece como el camino más sensato para avanzar. Sin gastos innecesarios y con decisiones mejor orientadas, repensar la educación puede convertirse en una oportunidad real de mejora para todo el sistema.