Por: Maximiliano Catalisano
Fomentando la Inteligencia Emocional durante el recreo para mejorar la convivencia Escolar
El recreo suele verse como un simple descanso entre clases, un momento de distensión necesario para recuperar energía antes de volver al aula. Sin embargo, ese espacio aparentemente informal es uno de los escenarios más potentes para el aprendizaje socioemocional. Allí se ponen en juego habilidades como la autorregulación, la empatía, la resolución de conflictos y la toma de decisiones. Fomentar la inteligencia emocional durante el recreo no requiere grandes inversiones ni estructuras complejas, sino una mirada pedagógica que transforme ese tiempo en una oportunidad formativa. Cuando el recreo se gestiona con intención educativa, la convivencia mejora y el clima institucional se fortalece.
El recreo como espacio pedagógico
Tradicionalmente, el recreo ha sido considerado un momento ajeno al proceso de enseñanza. Sin embargo, desde una perspectiva integral de la educación, todo espacio escolar tiene potencial formativo. En el recreo los estudiantes interactúan sin la estructura rígida del aula, lo que permite observar dinámicas sociales más espontáneas.
Es en ese contexto donde emergen conflictos, alianzas, exclusiones y acuerdos. Lejos de ser un problema, estas situaciones pueden convertirse en instancias de aprendizaje si la institución decide intervenir de manera preventiva y formativa.
Reconocer el recreo como espacio pedagógico implica planificarlo. No se trata de controlar cada movimiento, sino de generar condiciones que favorezcan interacciones respetuosas y el desarrollo de habilidades emocionales.
Qué entendemos por inteligencia emocional en la escuela
La inteligencia emocional se refiere a la capacidad de reconocer, comprender y gestionar las propias emociones, así como de interpretar y responder adecuadamente a las emociones de los demás. En el ámbito escolar, estas competencias impactan directamente en la convivencia y en el rendimiento académico.
Durante el recreo, los estudiantes experimentan alegría, frustración, enojo o entusiasmo con intensidad. Aprender a identificar estas emociones y regularlas es un proceso que requiere acompañamiento. Si no se interviene, las reacciones impulsivas pueden derivar en conflictos reiterados.
Promover la inteligencia emocional en este espacio significa brindar herramientas para que los alumnos aprendan a expresar lo que sienten sin recurrir a la agresión o al aislamiento.
Estrategias concretas para un recreo emocionalmente saludable
Una de las primeras acciones posibles es diversificar las propuestas de juego. Cuando el recreo se limita a pocas actividades, suelen generarse disputas por el uso de espacios o materiales. Incorporar alternativas como juegos cooperativos, estaciones temáticas o sectores tranquilos amplía las posibilidades de participación.
Los juegos cooperativos, en particular, favorecen la colaboración por sobre la competencia desmedida. Estas dinámicas promueven la comunicación y el trabajo en equipo, habilidades vinculadas a la inteligencia emocional.
Otra estrategia es capacitar a docentes y preceptores para que puedan intervenir desde una perspectiva formativa. La presencia adulta en el recreo no debe limitarse a la supervisión disciplinaria. Observar interacciones, detectar tensiones incipientes y mediar en conflictos fortalece la cultura del diálogo.
También resulta valioso habilitar espacios de calma. Algunos estudiantes necesitan momentos de descanso más tranquilos, especialmente aquellos que se sienten abrumados por el ruido o la intensidad del juego. Un rincón de lectura o de conversación puede marcar una diferencia significativa.
El rol de los alumnos como promotores de convivencia
Involucrar a los propios estudiantes en la construcción de un recreo positivo potencia el impacto de cualquier estrategia. Programas de alumnos mediadores o referentes de convivencia pueden extender su acción a este espacio.
Estos estudiantes pueden colaborar en la organización de juegos, acompañar a compañeros que se sienten aislados y actuar como facilitadores en conflictos leves. Esta participación fortalece la responsabilidad colectiva y el sentido de pertenencia.
Cuando el grupo internaliza que el recreo es un espacio compartido que debe cuidarse, disminuyen las conductas disruptivas y aumenta la colaboración.
Prevención del acoso y conflictos recurrentes
El recreo es uno de los momentos donde con mayor frecuencia se producen situaciones de acoso entre pares. La falta de estructura y la menor presencia docente pueden generar oportunidades para conductas agresivas.
Fomentar la inteligencia emocional en este contexto actúa como medida preventiva. Trabajar previamente en el aula habilidades como la empatía y la comunicación asertiva prepara a los estudiantes para gestionar desacuerdos sin violencia.
La detección temprana de señales de exclusión o burlas sistemáticas es fundamental. Intervenir a tiempo evita que los conflictos escalen y se consoliden dinámicas perjudiciales.
Articulación entre aula y recreo
La educación emocional no puede limitarse a talleres aislados. Debe integrarse en la vida cotidiana de la escuela. Las habilidades trabajadas en clase deben ponerse en práctica durante el recreo.
Por ejemplo, después de abordar en el aula estrategias de resolución pacífica de conflictos, se puede invitar a los estudiantes a aplicarlas durante los momentos de juego. Posteriormente, un breve espacio de reflexión permite evaluar lo ocurrido y reforzar aprendizajes.
Esta articulación otorga coherencia al proyecto institucional y evita que el recreo quede desconectado de los objetivos formativos.
Formación docente y organización institucional
Para sostener un recreo que promueva la inteligencia emocional, es necesario capacitar al personal. Talleres sobre gestión de conflictos, observación de dinámicas grupales y estrategias de intervención aportan herramientas prácticas.
La organización del espacio físico también influye. Señalizar zonas, establecer normas claras y distribuir adecuadamente a los adultos responsables contribuye a prevenir tensiones.
Estas acciones no implican grandes gastos, sino planificación y compromiso institucional. La inversión principal es el tiempo destinado a coordinar y evaluar las propuestas.
Impacto en el clima escolar y en el aprendizaje
Cuando el recreo se convierte en un espacio de aprendizaje socioemocional, el impacto se extiende al aula. Disminuyen las interrupciones por conflictos arrastrados desde el descanso y aumenta la disposición al trabajo.
Los estudiantes desarrollan mayor capacidad de autocontrol y mejoran sus habilidades comunicativas. Esto repercute en la participación y en la calidad de las interacciones académicas.
Además, un recreo organizado y emocionalmente saludable reduce el desgaste del equipo docente. Menos conflictos reiterados implican mayor estabilidad institucional.
Una estrategia sostenible y accesible
Fomentar la inteligencia emocional durante el recreo no requiere infraestructura sofisticada ni presupuestos elevados. Se trata de redefinir la mirada sobre ese tiempo escolar y asumirlo como parte integral del proyecto pedagógico.
Con propuestas diversificadas, presencia adulta formativa y participación estudiantil, el recreo puede transformarse en un laboratorio de convivencia. Allí los alumnos practican habilidades que utilizarán a lo largo de su vida.
Invertir en inteligencia emocional es apostar por una escuela donde el respeto y el diálogo sean valores cotidianos. El recreo deja de ser un paréntesis y se convierte en un escenario privilegiado para aprender a convivir.
