Por: Maximiliano Catalisano

En cada aula hay un alumno que parece invisible en las entregas: nunca presenta las tareas, evita los trabajos prácticos y, a veces, incluso llega a no participar en las evaluaciones. Este escenario desconcierta a docentes y preocupa a las familias, porque no se trata solo de una calificación baja, sino de un comportamiento que esconde algo más profundo. ¿Qué hacer cuando un estudiante se niega sistemáticamente a entregar lo que se le pide? Entender las razones y actuar con estrategias claras puede transformar un problema aparentemente sin salida en una oportunidad de cambio.

Muchas veces, la falta de entrega no significa falta de capacidad. De hecho, es común encontrar alumnos con un gran potencial que se resisten a presentar tareas. El error habitual es suponer que no quieren aprender o que son vagos, cuando en realidad lo que ocurre puede tener raíces emocionales, familiares, sociales o incluso pedagógicas. Analizar estas posibilidades es el primer paso para abordar el problema.

Comprender las razones detrás de la falta de entrega

Un alumno que no entrega nada puede estar atravesando dificultades personales que afectan su desempeño. Problemas en el hogar, falta de espacio para estudiar o responsabilidades familiares excesivas influyen en la manera en que se vincula con la escuela. También puede suceder que experimente desmotivación porque no entiende la utilidad de lo que se le pide, o porque se siente superado por la exigencia.

Otro factor común es la baja autoestima. Algunos estudiantes prefieren no entregar nada antes que exponerse a la crítica o al miedo de equivocarse. En estos casos, la inacción se convierte en una especie de protección. También influyen el aburrimiento, la desconexión con los temas y, en la actualidad, la distracción constante que generan las pantallas y el mundo digital.

El rol del docente ante este desafío

Cuando un alumno no entrega nada, el primer impulso puede ser sancionarlo. Sin embargo, este camino pocas veces resuelve el problema de fondo. Lo que suele dar mejores resultados es generar un diálogo sincero, escuchar al estudiante y mostrar interés genuino en su situación. Preguntar qué le pasa, por qué no entrega, qué necesita, abre una puerta que muchas veces no había encontrado en otros adultos.

El docente puede adaptar algunas consignas para que el alumno logre un primer paso. Tal vez una tarea más breve, un trabajo en conjunto con un compañero o la posibilidad de presentar de manera oral en lugar de escrita. Estas alternativas no significan bajar la exigencia, sino permitir que el estudiante recupere la confianza. A partir de ahí, se construye un camino de avances progresivos.

La importancia de la motivación y el acompañamiento

Lograr que un alumno entregue sus tareas requiere también despertar su interés. Relacionar los temas con su vida cotidiana, proponer actividades prácticas o dejar espacio para que elija cómo abordar un contenido son estrategias que suelen tener impacto. Si el estudiante percibe que lo que hace tiene sentido para él, aumenta la posibilidad de que se involucre.

El acompañamiento no debe ser solo individual, sino también grupal. Muchas veces el alumno que no entrega nada se siente aislado, pero cuando participa en un proyecto en equipo, donde su aporte es necesario para que los demás avancen, aparece un compromiso diferente. El trabajo colaborativo permite que descubra que sus acciones sí importan y que puede ser parte de un resultado compartido.

El papel de la familia en el proceso

La escuela sola no puede resolverlo todo. Es fundamental que la familia también participe en el proceso. Un estudiante que nunca entrega nada suele necesitar un entorno en casa que lo anime, que valore sus avances y que marque rutinas claras. Cuando los adultos muestran coherencia y acompañan desde ambos lados, se genera un sostén más fuerte que favorece cambios reales.

No se trata de presionar con castigos, sino de alentar con mensajes positivos. Valorar pequeños logros, aunque sean mínimos, puede reforzar la confianza del alumno en su capacidad. En muchos casos, lo que falta no es inteligencia, sino seguridad en sí mismo.

Transformar el “no entrega nada” en “sí puedo hacerlo”

Cada alumno es único y, por lo tanto, no existe una receta única para resolver la falta de entrega. Sin embargo, hay un punto en común: la necesidad de que el estudiante se sienta escuchado, comprendido y acompañado. Si se le brinda tiempo, opciones y confianza, lo que antes parecía un bloqueo total puede transformarse en pasos pequeños pero consistentes hacia la participación.

El desafío para la escuela es no quedarse en la queja o el castigo, sino buscar maneras de convertir la falta de entrega en un punto de partida. Un alumno que nunca entrega nada puede ser el que, con el apoyo adecuado, termine mostrando una gran capacidad de superación. Lo esencial es no perder de vista que detrás de esa ausencia de tareas hay una persona que necesita que alguien crea en ella.