Por: Maximiliano Catalisano

Evaluación formativa vs. calificación tradicional: el cambio de paradigma en la Escuela actual

Durante décadas, la escena se repitió casi sin modificaciones: una prueba escrita, una nota numérica y un promedio final que parecía resumir todo el proceso de aprendizaje. Sin embargo, en las aulas contemporáneas esa lógica comienza a mostrar sus límites. Docentes y equipos directivos se preguntan cómo acompañar mejor a los estudiantes, cómo ofrecer devoluciones que orienten y no solo clasifiquen, y cómo hacerlo sin incrementar el presupuesto institucional. En este escenario emerge con fuerza la evaluación formativa, no como una moda pasajera, sino como un cambio profundo en la manera de entender qué significa evaluar.

La calificación tradicional se centra en el resultado. Generalmente aparece al final de una unidad o trimestre y se expresa mediante un número o concepto. Su función principal ha sido acreditar saberes, ordenar promociones y establecer comparaciones. Este modelo, aunque todavía vigente en muchos sistemas educativos, suele reducir la complejidad del aprendizaje a un dato cuantificable. El estudiante estudia para la prueba, rinde, obtiene una nota y continúa. El proceso intermedio, con sus avances, errores y reconstrucciones, queda muchas veces invisibilizado.

La evaluación formativa propone otro enfoque. No reemplaza necesariamente la acreditación final, pero desplaza el eje hacia el seguimiento continuo. Su objetivo no es clasificar, sino acompañar. Se trata de recoger información durante el proceso, interpretarla pedagógicamente y ofrecer retroalimentación que permita mejorar. En lugar de preguntar únicamente “¿Cuánto sabe el alumno?”, la evaluación formativa indaga “¿Qué comprendió hasta ahora y qué necesita para avanzar?”.

Diferencias conceptuales y pedagógicas

La diferencia entre ambos modelos no es solo técnica, sino epistemológica. La calificación tradicional responde a una lógica de control y verificación. Parte de la idea de que el conocimiento puede medirse en un momento determinado y compararse con un estándar. En cambio, la evaluación formativa se inscribe en una concepción del aprendizaje como proceso dinámico y gradual.

En el modelo tradicional, el error suele interpretarse como falla. En la perspectiva formativa, el error se convierte en insumo didáctico. Analizar por qué un estudiante respondió de determinada manera permite ajustar estrategias de enseñanza y ofrecer orientaciones específicas. Esta mirada transforma la relación entre docente y alumno, ya que la evaluación deja de percibirse como amenaza y pasa a entenderse como instancia de crecimiento.

Otro aspecto relevante es el tipo de retroalimentación. En la calificación clásica, la devolución muchas veces se limita a un número acompañado, en ocasiones, por un breve comentario. En la evaluación formativa, la retroalimentación es descriptiva y orientadora. Indica qué se logró, qué aspectos pueden fortalecerse y qué pasos concretos seguir. Este tipo de devolución impacta directamente en la motivación y en la autorregulación del aprendizaje.

Impacto en la cultura institucional

Adoptar la evaluación formativa implica revisar prácticas arraigadas en la cultura escolar. No se trata solo de cambiar instrumentos, sino de modificar la forma en que se planifican las clases y se concibe el seguimiento pedagógico. La planificación debe incluir momentos de observación, instancias de diálogo y actividades que permitan evidenciar comprensión progresiva.

En muchas instituciones, el temor inicial está vinculado al tiempo y a los recursos. Sin embargo, implementar evaluación formativa no requiere grandes inversiones económicas. Puede desarrollarse mediante estrategias simples: rúbricas claras, listas de cotejo, autoevaluaciones guiadas y registros de observación. Estas herramientas pueden diseñarse con recursos digitales gratuitos o incluso en formato impreso.

Además, la evaluación formativa favorece la coherencia institucional. Cuando los equipos docentes comparten criterios y acuerdan qué aspectos observar, se fortalece la continuidad pedagógica entre ciclos y niveles. Esto resulta especialmente significativo en contextos de transición, como el paso de primaria a secundaria.

El rol activo del estudiante

Uno de los cambios más profundos del paradigma formativo es el lugar que ocupa el estudiante. En el modelo tradicional, el alumno suele ser receptor pasivo de una calificación. En la evaluación formativa, en cambio, participa activamente. La autoevaluación y la coevaluación son prácticas que permiten desarrollar conciencia sobre el propio proceso de aprendizaje.

Cuando un estudiante revisa su producción a la luz de criterios previamente acordados, aprende a identificar fortalezas y áreas de mejora. Esta capacidad de autorregulación es fundamental para el aprendizaje a largo plazo. No depende de la presencia constante del docente, sino que se convierte en competencia personal.

Asimismo, la evaluación formativa promueve el diálogo pedagógico. Las devoluciones pueden realizarse de manera oral, en entrevistas breves o mediante comentarios escritos más detallados. Este intercambio fortalece el vínculo y construye un clima de confianza que impacta positivamente en el rendimiento académico.

Desafíos y resistencias

Todo cambio de paradigma genera tensiones. Algunos docentes pueden percibir la evaluación formativa como una carga adicional de trabajo. Otros pueden cuestionar su validez frente a exigencias administrativas que demandan calificaciones numéricas. Estos desafíos son reales y requieren abordaje institucional.

Una estrategia posible consiste en integrar ambos enfoques de manera articulada. La evaluación formativa puede convivir con instancias de acreditación obligatoria, siempre que no se reduzca a una formalidad. Lo central es que el seguimiento continuo oriente la enseñanza y no quede subordinado únicamente al resultado final.

También es necesario capacitar a los docentes en el diseño de instrumentos claros y coherentes con los objetivos de aprendizaje. La formación continua en evaluación permite comprender mejor los fundamentos teóricos y aplicar estrategias pertinentes en cada contexto.

Un cambio sostenible y accesible

En un sistema educativo que busca mejorar resultados sin incrementar gastos, la evaluación formativa aparece como una alternativa viable. No demanda infraestructura costosa ni tecnologías sofisticadas. Requiere, sobre todo, una decisión pedagógica y un compromiso con el seguimiento personalizado.

El cambio de paradigma no significa abandonar toda forma de calificación, sino resignificar su lugar. La nota deja de ser el centro y pasa a ser una consecuencia de un proceso más amplio. Cuando la evaluación se convierte en herramienta de aprendizaje y no solo en mecanismo de control, la experiencia escolar se transforma.

En definitiva, la tensión entre evaluación formativa y calificación tradicional refleja una discusión más profunda sobre el sentido de la escuela. ¿Evaluamos para clasificar o para enseñar mejor? La respuesta a esta pregunta define prácticas, vínculos y trayectorias. Avanzar hacia un modelo formativo no implica mayores costos económicos, pero sí exige reflexión pedagógica y coherencia institucional. En ese camino, la evaluación deja de ser un momento aislado y se integra como parte esencial del proceso educativo.