Por: Maximiliano Catalisano

En medio de jornadas escolares cada vez más extensas, con horas frente a cuadernos, pantallas o libros, las pausas activas se han convertido en un recurso indispensable para recuperar energía y mantener la concentración. No se trata de perder tiempo, sino de invertirlo en breves momentos de movimiento, respiración o relajación que ayudan al cuerpo y a la mente a funcionar mejor. Incorporarlas en la rutina escolar no solo mejora el rendimiento académico, también favorece la convivencia, la salud emocional y la disposición de los estudiantes frente al aprendizaje.

Cuando hablamos de pausas activas nos referimos a pequeñas interrupciones en la jornada, que pueden durar entre cinco y diez minutos, destinadas a realizar ejercicios físicos suaves, dinámicas grupales o actividades de relajación. Lejos de ser un simple recreo, estas pausas tienen un propósito claro: cortar con la rutina sedentaria, oxigenar el cerebro y generar un estado de bienestar que impacta directamente en la capacidad de concentración y en la motivación de los estudiantes.

Por qué el cuerpo necesita moverse

Diversas investigaciones muestran que pasar largos períodos sentado afecta la postura, la circulación sanguínea y la capacidad de atención. Los estudiantes, especialmente en la educación primaria y secundaria, no siempre tienen la madurez suficiente para autorregular estos tiempos, por lo que dependen de la organización escolar. Aquí las pausas activas funcionan como un puente entre la necesidad física de moverse y la obligación académica de permanecer en un espacio de aprendizaje.

Con ejercicios simples de estiramiento, juegos breves o dinámicas de respiración, se logra que los estudiantes recuperen energía y se concentren mejor en las actividades posteriores. El cuerpo en movimiento envía más oxígeno al cerebro, y eso se traduce en mayor claridad mental, memoria más activa y predisposición a resolver problemas con creatividad.

Beneficios en el aula

Los efectos de las pausas activas no tardan en hacerse visibles. Un grupo que llega cansado, distraído o con baja motivación puede cambiar de actitud luego de una breve dinámica. Los estudiantes se muestran más atentos, más receptivos y con mayor disposición para participar. Incluso la relación entre compañeros mejora, ya que las actividades suelen incluir ejercicios colectivos que fortalecen el sentido de pertenencia y la colaboración.

Además, estas pausas ayudan a reducir el estrés. La presión por rendir, los exámenes o los trabajos acumulados generan tensiones que se alivian con momentos de distensión activa. Un aula donde se practican pausas activas con regularidad es también un aula más saludable, donde el bienestar físico y emocional se vuelve parte de la rutina educativa.

Cómo implementar pausas activas en la escuela

No es necesario contar con materiales costosos ni con espacios especiales. Bastan unos pocos minutos de organización y la voluntad de incorporarlas como hábito. Los docentes pueden proponer estiramientos de brazos y piernas, ejercicios de respiración consciente, juegos de coordinación o actividades de atención rápida que despierten el interés. También es posible incluir música breve para acompañar el movimiento o invitar a los propios estudiantes a guiar la dinámica.

El secreto está en la constancia. Una pausa activa aislada puede ser útil, pero cuando se convierte en parte del día a día escolar, el impacto es mucho mayor. Estudiantes y docentes comienzan a esperar esos momentos como un respiro necesario que renueva las energías. Incluso puede ser una herramienta valiosa en reuniones de equipo, en jornadas institucionales o en capacitaciones docentes, porque el beneficio no es exclusivo de los alumnos: todos ganan cuando se mueven y respiran mejor.

Un cambio de cultura escolar

El impacto de las pausas activas va más allá del aula. Cuando se incorporan en la vida cotidiana de la escuela, promueven un cambio cultural: el cuidado del cuerpo y la mente se convierten en parte del aprendizaje. No se trata solo de adquirir conocimientos académicos, sino también de aprender a escuchar las necesidades físicas, a reconocer la importancia del descanso y a valorar el equilibrio entre esfuerzo y recuperación.

Este cambio genera estudiantes más conscientes, más atentos a su bienestar y con mejores herramientas para enfrentar los desafíos de la vida diaria. Una escuela que fomenta las pausas activas está enseñando, de manera práctica, que la salud y el aprendizaje van de la mano y que no es posible sostener un buen rendimiento sin cuidar primero el cuerpo y la mente.

Una inversión en rendimiento y bienestar

La incorporación de pausas activas demuestra que pequeñas acciones pueden tener grandes resultados. No requiere inversiones costosas, no demanda mucho tiempo y sin embargo potencia el rendimiento escolar de manera significativa. Cada minuto destinado a moverse o a relajarse se recupera con creces en la mejora de la concentración, en la participación activa y en el clima general del aula.

Los estudiantes que experimentan este tipo de prácticas no solo mejoran en lo académico, también se llevan consigo hábitos saludables que pueden aplicar en su vida diaria. Aprenden que moverse es necesario, que el cuerpo necesita pausas y que atender al bienestar personal no es una pérdida de tiempo, sino una forma de rendir mejor en todo lo que hacen.