Por: Maximiliano Catalisano
Prevención de adicciones en jóvenes: estrategias actuales frente al consumo de dispositivos y sustancias
Nunca fue tan fácil acceder a una sustancia psicoactiva ni tan simple pasar horas frente a una pantalla. En la vida cotidiana de niños y adolescentes, el consumo ya no se limita al alcohol o a otras drogas tradicionales: hoy también hablamos de dependencia a dispositivos móviles, videojuegos y redes sociales. Este escenario exige repensar la prevención de adicciones desde una mirada amplia, realista y sostenible, que pueda aplicarse en escuelas y familias sin necesidad de presupuestos elevados.
La prevención contemporánea debe comprender que el consumo problemático no aparece de un día para el otro. Se construye progresivamente a partir de factores personales, familiares y sociales. Por eso, las respuestas basadas solo en la prohibición o en el castigo resultan insuficientes. Se requiere un abordaje integral que combine información, acompañamiento emocional y construcción de hábitos saludables.
Nuevos consumos, nuevos escenarios
El consumo de sustancias como alcohol, cannabis y psicofármacos continúa siendo una preocupación en la adolescencia. Sin embargo, en los últimos años se sumó el uso intensivo de dispositivos digitales como una forma de dependencia conductual. El tiempo excesivo frente a pantallas puede afectar el sueño, el rendimiento académico y las relaciones interpersonales.
A diferencia de otras sustancias, los dispositivos forman parte de la vida cotidiana y del entorno educativo. No se trata de eliminarlos por completo, sino de enseñar un uso responsable. Esta diferencia obliga a diseñar estrategias preventivas que no se limiten a la abstinencia, sino que promuevan la autorregulación.
La exposición temprana a contenidos inadecuados, la presión social en redes y la búsqueda de validación inmediata son factores que inciden en el comportamiento juvenil. Comprender estas dinámicas es el primer paso para intervenir de manera pertinente.
Factores de riesgo y factores de protección
La literatura especializada señala que la vulnerabilidad frente a las adicciones aumenta cuando existen dificultades en la comunicación familiar, baja autoestima, escasas habilidades para la resolución de conflictos y ausencia de límites claros. También influyen contextos sociales donde el consumo está naturalizado.
En contraposición, los factores de protección incluyen vínculos afectivos sólidos, normas coherentes, espacios de escucha y oportunidades de participación significativa. La escuela y la familia cumplen un papel determinante en la construcción de estos entornos.
Fortalecer habilidades socioemocionales como la tolerancia a la frustración, la capacidad de decir no y la gestión de la presión de pares contribuye a reducir conductas de riesgo. Estas competencias no se adquieren mediante charlas aisladas, sino a través de experiencias sostenidas en el tiempo.
El rol de la escuela en la prevención
La institución educativa no puede desentenderse de esta problemática. Incorporar programas de educación para la salud y espacios de reflexión sobre consumo digital y sustancias permite abordar el tema sin estigmatizar.
Las intervenciones más efectivas son aquellas que se integran al currículo y no se limitan a campañas esporádicas. Trabajar la toma de decisiones en clases de Ciencias Sociales, analizar publicidades en Lengua o debatir sobre bienestar digital en Tecnología son ejemplos de cómo transversalizar la temática.
Además, la detección temprana es fundamental. Cambios bruscos en el comportamiento, aislamiento, descenso marcado en el rendimiento o alteraciones en el estado de ánimo pueden ser señales de alerta. Contar con protocolos claros de actuación facilita una respuesta organizada y evita improvisaciones.
La familia como primer espacio preventivo
El diálogo abierto y la presencia activa de los adultos son pilares en la prevención. Supervisar no implica invadir, sino acompañar con interés genuino. Establecer acuerdos sobre el uso de dispositivos, horarios de descanso y actividades recreativas favorece un equilibrio saludable.
Es importante que las normas sean coherentes y sostenidas. Los mensajes contradictorios debilitan la autoridad adulta y generan confusión. Cuando los límites se explican y se aplican con consistencia, los adolescentes comprenden su sentido.
La modelización también tiene peso. Los jóvenes observan el comportamiento de los adultos respecto al uso del celular, el consumo de alcohol y la gestión del estrés. La coherencia entre discurso y acción fortalece la credibilidad.
Estrategias de bajo costo con alto impacto
La prevención no requiere inversiones millonarias. Muchas acciones pueden implementarse con recursos disponibles en cualquier comunidad. Talleres participativos, grupos de tutoría, actividades deportivas y espacios artísticos contribuyen a ofrecer alternativas saludables de ocio.
Promover actividades extracurriculares dentro de la escuela amplía las oportunidades de pertenencia y reduce el tiempo ocioso sin supervisión. El deporte, la música y el voluntariado fortalecen la autoestima y el sentido de propósito.
También es posible desarrollar campañas internas elaboradas por los propios estudiantes. Cuando los jóvenes participan en la creación de mensajes preventivos, se incrementa la apropiación del contenido y se genera un efecto multiplicador.
Consumo digital: educar para el equilibrio
El uso problemático de dispositivos no siempre se percibe como una adicción, pero puede generar consecuencias similares en términos de dependencia y pérdida de control. Educar en bienestar digital implica enseñar a gestionar el tiempo de pantalla, reconocer señales de saturación y priorizar el descanso.
Establecer momentos libres de dispositivos en el hogar, como durante las comidas, favorece la interacción familiar. En la escuela, alternar actividades digitales con propuestas presenciales reduce la sobreexposición.
La alfabetización mediática también es relevante. Comprender cómo funcionan los algoritmos y la lógica de las redes sociales ayuda a desarrollar una mirada más crítica y menos impulsiva frente al contenido.
Intervención temprana y trabajo en red
Cuando se detecta un consumo problemático, la intervención temprana mejora las posibilidades de recuperación. La articulación entre escuela, familia y servicios de salud resulta determinante para ofrecer apoyo integral.
No se trata de etiquetar al adolescente, sino de acompañarlo en la búsqueda de alternativas. La escucha activa y el respeto por su experiencia facilitan la construcción de confianza.
El trabajo en red entre instituciones comunitarias, centros de salud y organizaciones sociales amplía las opciones de intervención. Este enfoque colaborativo optimiza recursos y fortalece la respuesta colectiva.
Hacia una cultura preventiva sostenida
La prevención de adicciones no puede depender de acciones aisladas ni de reacciones ante situaciones de crisis. Requiere una cultura institucional que priorice el bienestar integral y promueva hábitos saludables desde edades tempranas.
Invertir tiempo en fortalecer vínculos, desarrollar habilidades socioemocionales y ofrecer espacios de participación tiene un impacto duradero. Más allá de las cifras y estadísticas, el objetivo es acompañar a los jóvenes en la construcción de proyectos de vida sólidos y conscientes.
Frente a los nuevos desafíos que plantea el consumo de dispositivos y sustancias, la respuesta no pasa por el miedo ni por el control excesivo. Pasa por la educación, el diálogo y la presencia activa de adultos comprometidos. Con estrategias claras y sostenibles, es posible avanzar en una prevención realista, accesible y adaptada a los tiempos actuales.
