Por: Maximiliano Catalisano
El nuevo paradigma de gobernanza participativa para la convivencia Escolar
En un tiempo donde la convivencia escolar se ve tensionada por conflictos digitales, demandas familiares crecientes y nuevas dinámicas institucionales, surge en Santiago una propuesta que cambia el enfoque tradicional: la “mesa de los 5 pilares”. No se trata de una comisión más ni de una instancia formal sin impacto real, sino de un modelo de gobernanza participativa que ordena responsabilidades, integra actores y ofrece una solución organizativa accesible para mejorar el clima institucional sin incrementar de manera desmedida el presupuesto. Su valor radica en algo concreto: estructura, diálogo sistemático y toma de decisiones con base compartida.
La convivencia escolar dejó de ser un asunto exclusivo del equipo directivo o del departamento de orientación. Hoy es un fenómeno complejo que involucra dimensiones pedagógicas, emocionales, digitales, normativas y comunitarias. Cuando los conflictos escalan, las respuestas improvisadas suelen generar desgaste y fragmentación interna. La mesa de los 5 pilares aparece como una arquitectura organizacional que distribuye funciones y establece canales formales de intervención.
Un modelo estructurado para la gestión institucional
La lógica de los cinco pilares no es simbólica; responde a una división estratégica de áreas que sostienen la convivencia. Aunque cada institución puede adaptarlos, el modelo en Santiago suele organizarse en torno a cinco ejes: gestión directiva, orientación y apoyo psicosocial, docentes, estudiantes y familias. Esta composición no diluye responsabilidades, sino que las define con mayor claridad.
Desde la gestión directiva, se establece el marco normativo y los procedimientos formales. Aquí se revisan reglamentos internos, protocolos de actuación y criterios de intervención ante situaciones complejas. Este pilar garantiza coherencia institucional y continuidad en el tiempo.
El área de orientación y apoyo psicosocial aporta la mirada técnica sobre conflictos, mediación y prevención. No actúa de forma aislada, sino integrada al circuito de decisiones. Esto evita que los casos se traten de manera fragmentada y promueve abordajes más consistentes.
El pilar docente cumple una función estratégica porque es el primer observador de dinámicas de aula. Incorporar su voz en la mesa no solo legitima decisiones, sino que mejora la implementación de acuerdos. Muchas iniciativas fracasan cuando no consideran la realidad cotidiana del aula.
La participación estudiantil introduce un componente clave: la percepción de quienes viven la escuela desde dentro. Incluir representantes formales fortalece la corresponsabilidad y reduce la distancia entre normas y prácticas reales.
Finalmente, las familias dejan de ser receptoras pasivas de sanciones o comunicados. Integradas al esquema, comprenden procesos, participan en la prevención y colaboran en la resolución temprana de tensiones.
Gobernanza participativa aplicada a la convivencia
Hablar de gobernanza participativa en el ámbito escolar implica superar el modelo vertical clásico. No significa ausencia de autoridad, sino distribución ordenada de la toma de decisiones. La mesa de los 5 pilares funciona como un órgano permanente de análisis y seguimiento, no solo como instancia reactiva ante crisis.
Su implementación requiere agenda definida, actas formales y seguimiento de acuerdos. Este componente técnico es lo que diferencia al modelo de simples reuniones informales. Cada caso o propuesta se analiza con criterios compartidos, se documenta y se evalúa su evolución. La trazabilidad de las decisiones reduce arbitrariedades y fortalece la confianza institucional.
Además, el modelo permite trabajar en dos niveles: preventivo e interventivo. En el plano preventivo, se diseñan campañas de buen uso de redes, talleres de habilidades socioemocionales y espacios de formación para familias. En el plano interventivo, se activan protocolos ante situaciones de acoso, violencia o conflictos reiterados.
Impacto organizacional y sostenibilidad económica
Uno de los aportes más relevantes de la mesa de los 5 pilares es su viabilidad económica. No requiere grandes inversiones en infraestructura ni contratación masiva de personal. Su principal recurso es la reorganización del capital humano existente. Al establecer circuitos claros de comunicación y responsabilidades, se reducen duplicaciones de tareas y se optimiza el tiempo institucional.
Las escuelas que carecen de un sistema formal de gobernanza para la convivencia suelen enfrentar costos indirectos elevados: rotación docente, aumento de licencias médicas, conflictos judicializados y deterioro de la reputación institucional. Un modelo estructurado disminuye estos riesgos al intervenir de manera temprana.
La clave está en la planificación. Definir frecuencia de reuniones, criterios de selección de representantes y mecanismos de evaluación anual permite sostener el modelo en el tiempo. Cuando la estructura se consolida, la convivencia deja de depender exclusivamente de la buena voluntad individual y pasa a formar parte del diseño institucional.
Transformación cultural y cambio de paradigma
El verdadero cambio no es administrativo, sino cultural. La mesa de los 5 pilares redefine la manera en que la comunidad educativa comprende la convivencia. Ya no se trata solo de aplicar sanciones, sino de construir acuerdos y revisar prácticas colectivas.
Este paradigma reconoce que los conflictos no son anomalías aisladas, sino expresiones de tensiones sociales más amplias que ingresan a la escuela. La respuesta institucional, entonces, debe ser sistémica. Integrar actores diversos en un espacio formal promueve transparencia y disminuye la sensación de decisiones unilaterales.
Asimismo, el modelo fortalece la formación democrática dentro de la escuela. Los estudiantes participan en procesos deliberativos reales, las familias comprenden mejor los marcos normativos y los docentes encuentran un espacio de respaldo institucional para abordar situaciones complejas.
Proyección y replicabilidad
La experiencia en Santiago abre la posibilidad de replicación en otros contextos latinoamericanos. Cada sistema educativo puede adaptar los pilares a su normativa específica, pero la esencia permanece: estructura, participación y seguimiento sistemático.
Para equipos de conducción escolar, este modelo ofrece una herramienta concreta para ordenar la convivencia sin depender exclusivamente de programas externos. Puede integrarse al proyecto educativo institucional y articularse con planes de mejora ya existentes.
En definitiva, la mesa de los 5 pilares no es una moda organizacional, sino una respuesta estructurada a un problema persistente. Al establecer un esquema claro de gobernanza participativa, transforma la convivencia escolar en una responsabilidad compartida y planificada. Su fortaleza radica en combinar formalidad institucional con participación real, generando un entorno más estable, previsible y sostenible desde el punto de vista organizacional y económico.
