Por: Maximiliano Catalisano
La casa suele ser el lugar donde los niños se sienten más protegidos, libres y confiados. Sin embargo, también es el espacio donde ocurren la mayoría de los accidentes domésticos durante la infancia. La buena noticia es que muchos de estos riesgos pueden prevenirse con una mirada atenta, algunos cambios simples y decisiones accesibles. Convertirse en “detectives de peligros” no requiere grandes inversiones ni conocimientos técnicos, sino la voluntad de observar el hogar desde la altura, la curiosidad y las necesidades reales de los chicos.
Mirar la casa con ojos de niño implica cambiar la perspectiva habitual del adulto. Lo que para una persona grande es un objeto cotidiano, para un niño puede ser una invitación a explorar, tocar, trepar o probar. En ese recorrido natural por conocer el mundo, aparecen enchufes, bordes, productos de limpieza, escaleras, cables y muebles que no siempre fueron pensados para manos pequeñas. Detectar estos puntos es el primer paso para acompañar el crecimiento sin sobresaltos innecesarios.
Uno de los espacios que más atención merece es la cocina. Allí conviven el calor, los objetos cortantes y sustancias que pueden resultar peligrosas. Mantener los mangos de ollas y sartenes hacia adentro, guardar cuchillos en cajones altos y utilizar trabas simples en puertas donde haya productos de limpieza son acciones de bajo costo que reducen riesgos. También es importante revisar que los electrodomésticos no queden con cables colgando, ya que suelen llamar la atención de los más chicos.
El baño, aunque asociado al cuidado y la higiene, es otro lugar donde conviene actuar con previsión. El piso mojado, los bordes de la bañera y los medicamentos al alcance pueden convertirse en fuentes de accidentes. Alfombras antideslizantes, estantes elevados y el hábito de vaciar la bañera luego del uso son medidas sencillas que aportan tranquilidad. En este ambiente, la supervisión adulta sigue siendo fundamental, sobre todo en los primeros años.
Los dormitorios infantiles también requieren una revisión periódica. A medida que los niños crecen, cambian sus juegos, su fuerza y su curiosidad. Revisar la estabilidad de cunas, camas y estanterías, evitar juguetes muy pequeños en edades tempranas y asegurar ventanas con sistemas de protección ayuda a crear un entorno más previsible. No se trata de eliminar el juego, sino de ofrecer un marco donde explorar sea posible sin exponerse a daños evitables.
Las áreas comunes, como el living o el comedor, suelen pasar desapercibidas porque son espacios compartidos por toda la familia. Sin embargo, mesas con puntas, muebles que pueden volcarse y objetos decorativos frágiles representan riesgos frecuentes. Colocar protectores en esquinas, fijar muebles altos a la pared y mantener fuera de alcance elementos pequeños o pesados son decisiones prácticas que no alteran la estética del hogar y suman cuidado.
Un aspecto muchas veces olvidado es la participación de los propios niños en la detección de peligros, especialmente cuando ya tienen edad para comprender indicaciones simples. Convertir la prevención en un juego, invitar a señalar qué objetos no deben tocarse o explicar por qué ciertas acciones no son seguras fortalece la autonomía y la responsabilidad. De este modo, la seguridad deja de ser solo una norma impuesta y se transforma en un aprendizaje cotidiano.
La seguridad en el hogar no es un estado fijo, sino un proceso que acompaña las distintas etapas del crecimiento. Lo que hoy no representa un riesgo, mañana puede serlo cuando el niño comienza a gatear, caminar o trepar. Por eso, resulta útil revisar la casa cada cierto tiempo y ajustar los espacios según las nuevas habilidades que van apareciendo. Este seguimiento constante permite anticiparse y evitar situaciones inesperadas.
Otro punto relevante es comprender que prevenir no significa vivir con miedo. Un hogar seguro no es aquel donde todo está prohibido, sino aquel que ofrece oportunidades de movimiento, juego y aprendizaje dentro de límites cuidados. Cuando los adultos transmiten calma y coherencia, los niños se sienten más seguros y confiados para explorar. La prevención, en este sentido, acompaña el desarrollo emocional tanto como el físico.
Transformar la casa en un espacio más seguro no requiere reformas complejas ni productos costosos. Muchas veces alcanza con reorganizar, observar y anticiparse. La clave está en asumir un rol activo, atento y flexible, entendiendo que cada familia y cada hogar tienen características propias. Ser “detectives de peligros” es, en definitiva, una forma de cuidar, acompañar y permitir que los niños crezcan explorando el mundo con confianza y protección.
