Por: Maximiliano Catalisano

Acompañar emocionalmente a un adolescente es entrar en un territorio donde cada día puede aparecer una pregunta nueva, una inquietud inesperada o una emoción que parece desbordada. No es un camino sencillo, pero sí uno profundamente valioso. La adolescencia es una etapa donde todo se transforma: el cuerpo, la identidad, los vínculos, los deseos y la forma de ver el mundo. Muchos adultos sienten que no encuentran las palabras correctas o temen decir algo que lastime. Sin embargo, lo que los adolescentes buscan no es perfección, sino presencia, escucha auténtica y un entorno que los ayude a comprender lo que sienten sin sentirse juzgados. Esta nota propone una mirada actual, humana y práctica sobre cómo acompañarlos para que puedan atravesar esta etapa con mayor confianza.

La adolescencia suele estar marcada por emociones intensas. No solo cambian sus intereses y sus hábitos, también cambia su manera de interpretar lo que pasa a su alrededor. Lo que para un adulto puede ser un problema menor, para ellos puede convertirse en una preocupación enorme. Ese desajuste entre lo que ellos sienten y lo que los adultos consideran relevante genera tensiones que muchas veces derivan en discusiones o silencios prolongados. Lo primero que necesitan es que sus emociones sean tomadas en serio, aunque no siempre las entendamos. Validar lo que sienten no significa estar de acuerdo con todo, sino reconocer que su vivencia es real y merece atención.

El acompañamiento emocional implica aceptar que su búsqueda de independencia es natural. Los adolescentes necesitan explorar quiénes son, tomar decisiones y aprender de ellas. Cuando los adultos reaccionan con excesivo control, aparece la resistencia. Cuando, en cambio, se ofrece una orientación que respeta sus tiempos, se logra un espacio más abierto para el diálogo. Una frase tan simple como “estoy acá si necesitás hablar” puede ser más poderosa que un discurso largo lleno de consejos. Ellos necesitan saber que no están solos, incluso cuando eligen guardar silencio.

La importancia de la escucha activa

Escuchar no es solo oír. Escuchar es prestar atención sin interrumpir, sin suponer, sin adelantar respuestas. Es mirar al otro de verdad. Los adolescentes detectan enseguida cuando un adulto escucha con interés genuino y cuando lo hace desde la obligación. La escucha activa crea un clima donde se animan a expresar sus emociones sin temor a ser descalificados. En este proceso, es fundamental evitar frases que minimicen sus vivencias, como “eso no es nada”, “cuando seas más grande lo vas a entender” o “a todos les pasa”. Estas respuestas cierran el diálogo y les transmiten el mensaje de que su mundo emocional no es importante.

Escuchar también implica permitir que puedan poner en palabras lo que sienten, incluso si lo hacen con enojo, angustia o confusión. Cuando se les da espacio para expresarse, aparecen pistas sobre lo que necesitan: contención, claridad, límites, seguridad o simplemente alguien que los acompañe mientras atraviesan un momento difícil. La escucha activa es un puente que conecta generaciones y reduce la distancia emocional que muchas veces aparece en esta etapa.

Además, es importante que los adultos revisen sus propias reacciones. La adolescencia de los hijos suele activar en los adultos recuerdos, temores o experiencias pasadas que influyen en la manera en que responden. Acompañar emocionalmente también implica cuidarse a uno mismo para no reaccionar desde la impulsividad. El autocontrol adulto es un modelo poderoso: muestra que es posible gestionar emociones intensas sin lastimar a otros.

Acompañar sin invadir

Uno de los desafíos más grandes es encontrar el equilibrio entre acompañar y permitir autonomía. Los adolescentes necesitan sentirse capaces y confiar en sus decisiones. Por eso, acompañar emocionalmente no significa resolver todo por ellos, sino guiarlos para que puedan encontrar sus propias respuestas. La sobreprotección genera inseguridad, porque transmite el mensaje implícito de que no podrán manejar su vida. En cambio, confiar en sus capacidades fortalece su autoestima.

Esto no implica ausencia de límites. Los límites claros y coherentes brindan seguridad emocional porque establecen un marco dentro del cual pueden explorar sin perderse. La clave está en que esos límites sean explicados con calma y desde el diálogo, no como imposiciones sin sentido. Cuando entienden el porqué de una norma, la sienten más justa y la aceptan con mayor facilidad.

Los adolescentes también necesitan espacios propios. Es normal que quieran privacidad, que seleccionen con quién hablan y que tengan momentos de retraimiento. Esto no significa desinterés ni distancia afectiva. Es parte del proceso de búsqueda personal. Acompañar sin invadir implica estar disponibles sin presionar, preguntar sin exigir respuestas y ofrecer ayuda sin forzarlos a aceptarla.

A veces, acompañarlos requiere aceptar que sus gustos, valores o ideas no coincidirán con los de los adultos. La diversidad de opiniones es una oportunidad educativa: permite enseñar respeto, tolerancia y pensamiento propio. Los adolescentes aprenden mucho más de un adulto que dialoga y argumenta con calma que de uno que intenta imponer sus creencias.

Otro aspecto importante es ayudarlos a identificar sus emociones. Muchos adolescentes no pueden nombrar lo que sienten: confunden ansiedad con enojo, tristeza con cansancio o angustia con aburrimiento. Ponerles nombre a las emociones es un paso fundamental para poder gestionarlas. Los adultos pueden acompañar preguntando con delicadeza, ofreciendo palabras alternativas o contando experiencias personales sin dramatizar. Esto crea un clima donde expresar emociones se vuelve más natural.

Además, es necesario entender que los adolescentes viven en un mundo hiperconectado que amplifica todo: comparaciones, expectativas, temores, autoimagen y presión social. Las redes sociales influyen en su autoestima, en su forma de relacionarse y en su manera de mostrarse. Acompañar emocionalmente también implica conversar sobre esta realidad, ayudarlos a distinguir entre lo que es real y lo que es una construcción digital, y reforzar que su valor no depende de una foto, un comentario o la opinión ajena.

La escuela también cumple un rol significativo en este acompañamiento. Los docentes, preceptores, directivos y equipos de orientación son adultos de referencia que pueden ofrecer contención y escucha. Un simple gesto, una palabra o una pregunta a tiempo pueden marcar la diferencia. El trabajo conjunto entre familia y escuela fortalece la red de apoyo que todo adolescente necesita para atravesar momentos de transición.

Acompañar emocionalmente a los adolescentes no exige perfección, sino compromiso. No se trata de tener todas las respuestas, sino de estar presentes, de construir un vínculo basado en el respeto, en la escucha y en la empatía. La adolescencia es una etapa intensa, pero también profundamente creativa, llena de energía y de deseos de encontrar un lugar en el mundo. Cuando los adultos acompañan desde una mirada respetuosa, los adolescentes sienten que pueden crecer sin miedo, sabiendo que hay un sostén firme detrás de ellos.